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miércoles, 20 de abril de 2016

El agua es vida



           En mi biblioteca hay muchísimos libros que cuando tenga tiempo de ordenarla es casi seguro que prescindiré de ellos. Hay variso que no están en las libreras, porque los presté, perdí o regalé. De algunos de ellos no recuerdo ni siquiera el título, un maravilloso ensayo científico-filosófico sobre lo que es ser humano, que concluye con la hipótesis de que la vida humana se prolongará en el universo gracias a la humanización de los robots. En la misma línea está una novela de Isaac Asimov, no recuerdo su título, alrededor de un robot que llega a desarrollar habilidades humanos como proporcionar, conscientemente, placer sexual. Alrededor de ello, Asimov discurre sobre qué significa ser humano. También está una pequeña obrita que me impactó mucho cuando aspiraba a ser científico: El origen de la vida, de Oparin. Son libros que espero volver a tener en mis manos y releer cuidadosamente.
          La lista anterior es incompleta si no agrego la “Bioquímica” de Lehninger. De este libro me impresionó muchísimo el primero, o uno de los primeros, capítulos, en que el autor desarolla de manera extensa todo lo que significa para la vida el agua. La conclusión inevitable es que sin agua no hay vida.

          Fue talvez en 1996, volviendo a la capital de un paseo a la playa Tecojate, en La Nueva Concepción, Escuintla, que se me atravesó por la cabeza la idea de revisitar el río Coyolate, que cuando tenía 11 años me dejó embobado con su anchura y su caudal. Fue la primera vez que conocí un río que para poder cruzarlo requería de un cayuco. Admiré la habilidad de los hombres que lo conducían para calcular la posición de salida de un lado para poder llegar al punto de atraque del otro lado del río. Así que me fui a ver al Coyolate. La carretera aún era de terracería y tuve que caminar unos cuantos metros antes de llegar a la ribera. La mirada de asombro del niño de 11 años se tornó en tristeza, rabia, desilusión: el río que requería de un cayuco ahora se podía pasar de un salto, era un riachuelo de no más de un metro de ancho. El origen de ello: el secuestro de sus aguas por las fincas cañeras.
          Años después, el arquélogo Oswaldo Chinchilla me regaló un “tour” por el centro arqueológico “El Baúl”, para presentarme el manuscrito que luego se convertiría en su libro “Cotzumalguapa: la ciudad arqueológica. El Baúl – Bilbao – El Castillo” (http://www.fygeditores.com/FGCCA9789929552067.htm). Ahí pude ver el absoluto descuido y abuso con que las fincas cañeras administran las cuencas de los ríos, que son un bien común. Presumen de tener un centro de investigación agrícola para elevar la productividad, pero no han entendido que sin agua no hay vida.

          Porque sin agua nos estamos condenando a desaparecer es que este viernes 22 de abril asistiré a la #MarchaPorElAgua. ¿Nos vemos?



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