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viernes, 26 de noviembre de 2010

Carolina Escobar Sarti: Creímos que era solo firmar los Acuerdos de Paz y tener inmediatamente un país nuevo

Carolina Escobar Sarti entrevistada por Carol Zardetto 
Diario de Centro América, viernes 26 de noviembre de 2010



Sientes una identidad generacional con los escritores guatemaltecos contemporáneos tuyos?
Me he sentido un poco sola. Aquí en Guatemala se forman guetos y yo no pertenezco a ninguno porque creo que el gueto es el lugar sin el otro. El gueto tiene una frontera con demasiados candados. En un país tan desempoderado, segmentado y violento como el nuestro, los guetos no nos sirven, pero funcionan perfectamente, pues en ellos priva la lógica de que todo puede pasar mientras nadie se mezcle con el otro o la otra y la diversidad de ideas, de sueños, de propuestas, no dialogue. Aquí hay muchos que aún respaldan el popular aforismo de “cada mico en su columpio”. No nos mezclamos ni siquiera los que escribimos. Cada quien es muy poderoso dentro de su gueto y tiene miedo a encontrarse con quien está afuera, con quien es su diferente. Hemos sido gente de la palabra que no la usa para dialogar entre diversos mundos, sino para evangelizar entre convencidos.
Sin embargo, este sentirme un poco sola me ha permitido hacer otro tipo de acercamientos. He podido –para mi suerte–, transitar intergeneracionalmente. Creo que hay pocos escritores y escritoras de mi edad, y los pocos que estamos nos hemos acompañando escasamente en este ejercicio de la palabra. Como generación nos  vinculamos al conflicto a través de la cultura del silencio. Estuvimos a cinco años de distancia de estar todo lo cerca que había que estar, y a otros cinco de pertenecer a la generación que se distanció más marcadamente del conflicto. Somos la generación de la transición, una generación del interregno, un paréntesis. Hubo una generación perdida en la economía. También creo que la mía fue la generación perdida en la palabra, no por su fracaso, sino por su ausencia. Esa cultura del silencio se expresó, en muchos hogares citadinos, en frases como “estos temas no se discuten fuera de casa”. Los de antes estuvieron en el exilio, tanto si se fueron como si se quedaron. Los de después, en los temas urbanos y existenciales. A partir de la firma de los Acuerdos de Paz, y un poco antes quizás, recuperamos la esperanza y la palabra, pero se nos cayó la esperanza. No pudimos conectar una época con la otra. Estamos en una época posconflicto viviendo una crisis enorme, y solo ahora nos estamos haciendo las preguntas esenciales que debimos habernos hecho antes.

¿Por qué el diálogo intergeneracional entre los escritores guatemaltecos se ha vuelto tan dificultoso?
Al contrario. Tenemos mucho que decirnos. Pero creo que el diálogo se vuelve difícil cuando hay adultos que sienten la necesidad de situarse en púlpitos y no en espacios de conversación e intercambios más horizontales. Esas personas generalmente precisan de grupos o guetos donde se crea ciegamente en su palabra. Me parece que la responsabilidad de abrir este diálogo corresponde más a las generaciones de los menos jóvenes, porque los que entran a la vida están aprendiendo el ejercicio de dialogar a través del ejercicio que hacemos los adultos con ellos y entre nosotros. Pero los pulpitosos no han estado dispuestos a bajarse de su tribuna. Desde allí quieren sostener su aura de iluminación. El problema es el autoritarismo y una bota metida en la cabeza. Esa mentalidad de caudillos ha permeado hasta la literatura. Nos impide comunicarnos más horizontalmente entre generaciones, culturas, géneros. Recuerdo, incluso, que cuando murió uno de nuestros escritores, un discípulo suyo preguntó literalmente: “Y ahora que se murió el patriarca de las letras, ¿qué vamos a hacer?”. Pareciera que estamos demasiado pendientes de que nos respeten, crean ciegamente en lo que decimos, que nos obedezcan o nos endiosen. Nos tomamos demasiado en serio. Desde esa perspectiva, la palabra no se convierte en lo esencial, sino los escritores. Este supuesto nos tiene quebrados.
Sin embargo, generalizar es trivializar. Algunos nos hemos logrado comunicar entre nosotros sin que medie mucho púlpito o sin que esa sea la intención. He tenido espacios de comunicación muy rica con Luz Méndez de la Vega, Gustavo Wyld, Javier Mosquera, Margarita Carrera, Javier Payeras, Alan Mills y Ana María Rodas, entre otros. Y con varios y varias jóvenes también.

El conflicto armado interno es uno de los hitos históricos que más ha impactado el arte en Guatemala, incluyendo la literatura. ¿Qué piensas de esta afirmación? ¿Por qué?
Claro. ¿Cómo ser quienes no somos? ¿Cómo desvincularnos de nuestra propia historia? Incluso cuando se quiere ir por la ruta de el arte por el arte, aún en ese aparente no compromiso hay una posición política frente al mundo. Somos seres gregarios, históricos, imbricados en nuestras particulares historias y formas de conciencia.  Hubo mucha crítica a lo panfletario, pero yo no puedo desvincular, por ejemplo, a Otto René Castillo de su época. Fue totalmente válido y honesto lo que él y otros escribieron en su momento. No quisiera descalificar tan fácilmente lo panfletario o lo aparentemente indiferente.
La literatura de la guerra ha sido descalificada desde lo canónico como panfletaria o testimonial.  Sin embargo se convierte en un referente histórico importante, sobre todo cuando hablamos de poesía, que es la abstracción mayor. Si alguien se detiene a examinar la literatura de la guerra va a encontrar claves importantes para comprender la historia de este país.  Sería interesante poner en un corpus toda la literatura de la guerra. Encontraríamos allí una historia paralela, escrita desde otros códigos.
En cuanto a la literatura posconflicto, hubo un pequeño boom luego de la firma de los Acuerdos de Paz en el país, muy amarrado a lo ideológico, a la esperanza, a la necesidad quizá inocente de vernos. Creímos que era solo firmar los Acuerdos de Paz y tener inmediatamente un país nuevo. Ahora está sedimentándose una literatura posconflicto más sólida, pero generalmente no alude al conflicto, porque repito que parece que está mal visto escribir sobre la guerra. Hubo un regreso a preguntas existenciales, a una especie de búsqueda interior, a lo urbano, a repensarse sujeto desde la literatura. Muchos de los escritores llamados canónicos, no quisieron nombrar la guerra inmediatamente después de terminada, porque se veía muy mal, como pasado de moda. El canon mandaba eludir el tema para no caer en lo panfletario. Hubo mucho miedo al panfleto. Estaba todo tan cerca.
Creo que la verdadera literatura posconflicto se escribe desde la distancia (y no solo la geográfica) impuesta por un exilio o un autoexilio, o desde la que se logra estando en el país, desde una condición de extranjería. No muchos consiguen hacerlo, pero no es imposible. No responder a  modas, sino a mi propuesta personal honesta, desde mi compromiso particular con la realidad de la cual formo parte, puede hacer una diferencia.

¿Crees que, en términos generales, la literatura guatemalteca se abre al erotismo? ¿O es una literatura castrada?
Cuando Mario Monteforte Toledo señaló que las escritoras guatemaltecas de los 90 padecían de un “insoportable vaginismo literario”, yo hice el ejercicio de escribir –para mí primero– un ensayo que se llamó El falogocentrismo literario en cinco novelas de autores ‘canónicos’ guatemaltecos (Miguel Ángel Asturias, Flavio Herrera, Tito Monterroso, Mario Monteforte, Marco Antonio Flores), todos del siglo XX. Resulta que allí encontré los estereotipos de siempre: las putas, las violadas, las decentes y sufridas…Todo lo sexual vinculado al poder y al cuerpo como territorio narrativo donde se inscribe una cultura. Ellos sí nombraban, desde los arquetipos usuales, de manera falogocéntrica, el mundo.
Pero cuando las mujeres empezaron a escribir poesía erótica, esos mismos y otros dijeron que por qué usar los nombres y las figuras tan abiertamente si podíamos nombrar lo erótico desde otras sensibilidades: las flores, el paisaje, el mar, etcétera.  Nombrar el cuerpo no, y menos si se trata del nuestro. Total, solo lo que se nombra existe.
Las mujeres que escribimos nos apropiamos de nuestro cuerpo de una manera diferente a cómo los hombres imaginan: no escribimos desde su imaginario, sino desde el nuestro. ¿O no dicen que somos diferentes? En este sentido tenemos ejercicios interesantes de esa literatura de posguerra como los de Regina José Galindo (me masturbo, me masturbo, un, dos, tres) hasta los de quienes nos reconocemos nombrando lo innombrable cuando nos da la gana y nos podemos también acariciar y hasta masturbar dentro de un libro de poesía. Lo hacemos, cuando lo hacemos, porque lo sentimos. E insisto en la necesidad de la palabra honesta, la que respeta y traduce a quien la crea y se hace respetar.

¿Y el erotismo femenino? ¿Crees que es una expresión subversiva en un país fundamentalmente machista?
En Guatemala ha sido subversivo que la mujer escriba. A la mujer en Guatemala se le ha impuesto un silencio ancestral. Por eso nuestra palabra es transgresora en todos los sentidos. Luego, si es palabra que nombra lo erótico, mucho más. El cuerpo de la mujer es el territorio donde se inscribe una cultura, ya lo mencionaba antes. Las madres de la patria en el franquismo, en el fascismo de Mussolini y en el nazismo fueron úteros que servían para preservar una raza, un orden o un sistema político y religioso. Si el cuerpo de las mujeres no molestara tanto al sistema patriarcal, todo el tema de la ablación que se practica a más de 140 millones de mujeres en el mundo contemporáneo ni se habría dado.
Si comprendemos las relaciones de poder que se inscriben en el cuerpo de la mujer, podemos comprender por qué es subversivo que ella se apropie del mismo mediante el abrazo a su propio erotismo y, más aún, si usa la palabra para nombrarse y nombrarlo.

Erotismo femenino en Gua­temala. ¿Más Simone de Beau­voir y menos Anais Nin?¿Qué piensas de ello?
Trato de no responder, en lo posible, un sí o un no de manera categórica porque las preguntas tienen, generalmente, más de una respuesta. Simone de Beauvoir, aquella que expresara que las mujeres “lo queremos todo”, trazó una ruta importante en la definición de que lo personal es también político. Transgresora en todos los órdenes, De Beauvoir se atrevió a pensar, escribir y levantar una bandera, pero en el dormitorio habrá hecho mucho más que Anais Nin, según se puede leer en su biografía. Lo que pasa es que esa parte no se volvió película o libro. Anais Nin, en cambio, se fue por la vida rompiendo todo un sistema de tabúes asociados al cuerpo (¿cuál no lo está?), pero de una manera más individual, menos consciente, sin ningún propósito más que el placer. Jugó con su erotismo a unos niveles inimaginables, quiso solo vivirlo. De sí para sí. Es como volver al tema de la literatura del compromiso y al arte por el arte mismo. No son comparables.

¿Qué voz no se ha escuchado en la literatura del país?
La literatura no está al margen de la cultura del país. Lo que no somos y lo que no hacemos, no lo escribimos. El mundo que no vemos y no tocamos, no lo escribimos. No tenemos humor, no hay humor en la literatura. La homosexualidad es aún negada, la literatura no la contiene. Somos un país de castas, y por ello las personas marginadas, en todos los órdenes, son las voces menos escuchadas en nuestra literatura. De ahí que los periódicos de los sin voz hayan sido siempre las paredes de nuestra ciudad. Mejor, entonces, comenzar por preguntar: ¿qué voces no se escuchan en la sociedad guatemalteca? La respuesta llegará sola.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Pablo Bromo: A nuestra generación la marcó un odio por la violencia heredada

Pablo Bromo entrevistado por Carol Zardetto
Diario de Centro América, lunes 22 de noviembre de 2010



Según el crítico literario Mario Roberto Morales, la literatura es quizá el producto más sofisticado que haya producido y sigue produciendo Guatemala hasta la fecha. ¿Qué piensa usted?
Estoy totalmente de acuerdo. La literatura guatemalteca ha sido, desde el Rabinal Achí hasta la obra contemporánea, una sofisticación fabulosa y llena de paradojas que solamente en Guatemala podrían crearse. Los síntomas de vivir en este país, tan duro y tierno, son de una intensidad muy cabrona. Sin lugar a dudas Guatemala tiene la literatura más compleja de toda Latinoamérica –en diversidad y estilo–. No sé si se deba a un conflicto de identidades o a una chispa insurrecta que baila con el morbo y la inocencia de nuestra gente

¿Siente usted una identidad generacional con los escritores guatemaltecos contemporáneos suyos? ¿Qué los identifica?
Sí, existe una empatía que nos hace hablar de tópicos como la soledad, el hastío urbano, la cotidianidad, la fragmentación social, el desasosiego, por citar algunos. En lo personal me siento muy identificado con la obra de autores como Javier Payeras, Arnoldo Gálvez o Alejandro Marré. En su prosa o en su poesía encuentro las mismas preocupaciones que van desde la necesaria soledad introspectiva hasta la búsqueda por abrazar el colectivo. De alguna extraña manera escribimos para combatir ese olvido que produce vivir en una sociedad civil donde la existencia es reemplazable a cualquier minuto del día debido a la proximidad de la muerte.
Por otra parte, mi generación tuvo una gran conexión con el movimiento rock de los noventa. Fuimos parte de proyectos culturales como Casa Bizarra y de encuentros para intercambio intelectual en lugares como Café Oro, o la Bodeguita del Centro.
Sin lugar a dudas, a nuestra generación la marcó un odio por la violencia heredada.

Se afirma que un escritor es producto de los que le antecedieron. ¿Siente usted que su obra está construida sobre el legado de los escritores guatemaltecos que le antecedieron o piensa que sus influencias están alejadas de aquí?
Por supuesto, la obra de Luis Cardoza y Aragón, Luis de Lión, Roberto Monzón o Miguel Ángel Asturias son referentes ineludibles, pero también lo es la obra de autores vivos como Rodrigo Rey Rosa, Eduardo Juárez o Francisco Morales Santos. En ese caso, mis últimos libros fluyen alrededor de un texto de Manuel José Arce, en el que habla sobre la Guatemala del siglo pasado, la del exilio y el dolor, que tampoco es muy ajena a la Guatemala que estamos viviendo actualmente.

¿Por qué el diálogo intergeneracional entre los escritores guatemaltecos se ha vuelto tan dificultoso? ¿No tiene algo que decir una generación a la otra?
Creo que existe falta de información y, además, no han existido muchos puentes que faciliten el intercambio. Mario Monteforte Toledo fue un vínculo con los jóvenes. Convendría en todo caso gestionar más mesas redondas y conversatorios donde escritores de distintas generaciones dialoguen sobre las convergencias y puntos específicos que nos unen como gestores y escritores guatemaltecos. El otro día platicaba con Enrique Noriega y Max Araujo sobre la producción literaria actual, específicamente en el campo editorial, y ellos mencionaban lo refrescante que resulta ver el nacimiento de editoriales independientes como Vueltegato, Libros Mínimos o Catafixia. Eso, en lo personal, me hace sentir conectado con dos pilares de la cultura en Guatemala, pero habría que crear más nexos.

El conflicto armado interno es uno de los hitos históricos que más ha impactado el arte en Guatemala, incluyendo la literatura. ¿Qué piensa usted de esta afirmación?
No hay duda de que el conflicto armado interno ha resultado ser un motor incipiente para muchas obras de autores guatemaltecos. Ya todos sabemos que los temas de la imposición de poder, la muerte, el militarismo, la persecución, etcétera, han sido estímulos que funcionaron bien para escribir desde el padecimiento del exilio y la literatura comprometida. Lo que veo en la actualidad es desinformación en generaciones más jóvenes. Por eso me gusta hablar de “si existió tal mortal suceso” y que “si hubo miles de desaparecidos”, no desde el plano de “rascar la herida”, sino más bien desde algo puramente informativo en la memoria colectiva.

Su generación literaria ¿se encuentra distante de la historia de Guatemala? ¿Se trata de una generación a-histórica?
No, más bien es un híbrido de muchas cosas. En mi caso particular hablo de un pasado histórico que causó mucha violencia y que tiene muchas repercusiones actuales. Mi visión, al igual que la de algunos de mi generación, es la de alguien que no vivió la guerra, pero está colmado de horror diario. En ese sentido creo que sí estamos comprometidos con la historia del país porque la vivimos como un torrente diario y esperanzador.

Dicen que todo escritor es un hombre (o mujer) de su tiempo. ¿Cómo expresa un escritor joven esa circunstancia en Guatemala?
Mi obra tiene muchos referentes de la sociedad guatemalteca actual: la amplitud de las redes sociales, el intercambio constante de información, la despersonalización de las relaciones interpersonales, la violencia irremediable de cada día, etc. Por lo mismo me interesa palpar una Guatemala cruda y honesta, escrita en tiempo real. Mi próxima novela habla sobre las relaciones interpersonales y la cultura del Internet, escrita desde una Guatemala violenta que es lo mismo que ver las páginas de los diarios de cada día.

¿Está presente el erotismo en su obra?

No sé si está presente de una forma explícita. Lo que sí es que me encanta la idea de dejar muchas imágenes sexuales en mi obra, escritas desde ese realismo sucio que Bukowski o Carver utilizaban. La idea de incorporar sexualidad en mi literatura es también parte de ese escribir en tiempo real.

¿Cree usted que, en términos generales, la literatura guatemalteca se abre al erotismo? ¿O es una literatura castrada?
Ha sido una literatura subestimada, castrada desde siempre por regímenes machistas y militaristas, donde la mujer ha sido sólo un instrumento y el sexo resulta ser un tabú del cual no es necesario hablar.

¿Y el erotismo femenino? ¿Cree usted que es una expresión subversiva en un país fundamentalmente machista?
En lo personal no me molesta. Lo considero una forma más de expresión como otras tantas, pero estoy consciente de que a muchos lectores les resulte difícil digerirlo o les cause reacciones encontradas. Y eso, por lo mismo, resulta ser subversivo, sensible y honesto. poemas de la izquierda erótica, de Ana María Rodas, me parece un libro imprescindible para cualquier estudioso de la literatura universal, partiendo de los factores historia, género, región y época. Pero poco a poco se están abriendo brechas, y eso es lo más importante.

¿Cómo funciona el humor en su obra?
El humor es algo que por esbozos se vislumbra en la obra de algunos escritores contemporáneos, pero falta un crecimiento. Yo no tengo objeción en involucrar pasajes de humor en mi obra. Al contrario, creo que le dan un sazón fabuloso que garantizan una conexión más real entre autor y lector. Digamos que el guatemalteco es, por naturaleza, ocurrente y burlón.

La muerte violenta parece ser omnipresente en Guatemala. ¿Cómo ha impactado esta presencia ominosa en su obra? ¿En la literatura guatemalteca?
La muerte violenta es un ser cotidiano que nos rodea a todos. Su omnipresencia es fatal e impredecible. En los dos libros que publiqué este año: Alicia y A dos, la muerte es un tema recurrente que persiste a lo largo de todo su contenido. En el último hay un verso que circunda toda la primera parte del libro que dice “vivir es estar a dos pasos de la muerte”. Por lo mismo considero que la muerte y la violencia son dos síntomas que ya forman parte de nuestra vida diaria. Entonces me resulta familiar que en la literatura se vea reflejada la realidad más inmediata de este país.

¿Es la guatemalteca una literatura con capacidad para la fuga? O bien, ¿estamos demasiado cerca de nuestra historia y crisis sociales?
El guatemalteco tiene una gran capacidad para burlarse de su cruel realidad. Ese cinismo es una forma en que se fuga la literatura guatemalteca y se distancia del horror de la sociedad. Sin embargo creo que sí. Deberíamos tener nuevas propuestas.

¿Qué voz no se ha escuchado en la literatura del país?
Fundamentalmente, la indígena. Y aunque existen exponentes como Rosa Chávez, también fue importante la publicación del libro La misión del Sarima’, ganador del Premio de Literaturas Indígenas B’atz’. Pero sí, falta mucho apoyo para que estas voces puedan surgir. Publicar en idiomas mayas también es un reto pendiente y con capacidad de difusión.

¿Ven los jóvenes escritores esperanza en la literatura guatemalteca contemporánea?
Mucha, por lo mismo seguimos creando. Hace un poco más de una década la literatura guatemalteca parecía haberse quedado estancada en un sinuoso y horrible porvenir literario. Propuestas como Editorial X y Mundo Bizarro abrieron brechas esperanzadoras para la literatura que vendría. Autores como Maurice Echeverría, Javier Payeras y el mismo Estuardo Prado sirvieron de ruptura para proponer esperanza literaria en un país en el que muchos de los escombros discursivos estaban literalmente por los suelos. Actualmente hay una decena de nuevos autores con propuestas frescas que irán renovando la literatura nacional. Solo es un asunto de perseverancia, rigor y mucha cautela literaria.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Alan Mills: La actitud de una itinerancia; en el horizonte: la poesía y la narrativa

Alan Mills entrevistado por Carol Zardetto
Diario de Centro América, viernes 19 de noviembre de 2010

Según dijo el escritor y crítico literario Mario Roberto Morales en una oportunidad, la literatura es quizá el producto más sofisticado que haya producido y sigue produciendo Guatemala hasta la fecha. ¿Compartes esa opinión? ¿Por qué?
Siempre y cuando pensemos en una línea de continuidad que iría desde los textos ancestrales y la escritura de hyperlinks, que aparece en las estelas mayas, hasta la vitalísima literatura de nuestra posmodernidad. Pero decir que algo es lo más sofisticado conlleva ciertos peligros, principalmente el de sentir que lo que hacemos los escritores está por encima de los demás productos culturales del país.

¿Sientes una afinidad generacional con los escritores guatemaltecos contemporáneos tuyos? ¿En qué aspectos existe afinidad? ¿Qué les preocupa? ¿Qué motivos abrazan?
Creo ser el escritor menos representativo de mi generación. Por muy diversas razones, pero sobre todo por mi estado de migración intermitente. No me termino de insertar por completo a la lógica de mis connacionales. Lo que hago es traer excentricidades de mis viajes, las cuales se convierten más tarde en modas y tendencias. Mi trabajo ha sido el de modificar el mapa de lecturas de mi generación. Lo he hecho con verdadera entrega. Lo que a nosotros nos une, quizá, es cierta tendencia a visualizar con cinismo las diversas formas de la performatividad política. Y además no nos preocupa que nos echen la culpa de la situación del país que nos entregaron. Lo nuestro es hacer rompecabezas con los escombros. En términos del tarot, la generación anterior a lo mejor se identificaba con el arcano mayor número 13: Muerte y Transformación. Nosotros, como grupo, estaríamos más cerca del Loco, creo. En mi caso personal me gusta visualizarme más próximo al Creador de Mundos.

¿Por qué el diálogo intergeneracional entre los escritores guatemaltecos se ha vuelto tan dificultoso? ¿No tiene algo que decir una generación a la otra?
Es un problema de lucha por los espacios simbólicos. Aunque en mi caso esto no es tan así, pues mi mayor comunicación creativa la tengo con Rodrigo Rey Rosa, quien no es mi contemporáneo.

El conflicto armado interno es uno de los hitos históricos que más ha impactado el arte en Guatemala, incluyendo la literatura. ¿Qué piensas de la literatura producida durante la guerra? ¿Y de la literatura posconflicto?
La novela de Luis de Lión, El tiempo principia en Xibalbá, es una verdadera obra maestra. También es excelente Los compañeros, de Marco Antonio Flores. Y hubo grandes libros de poesía producidos durante la guerra, como Madre, nosotros también somos historia, o Cariátides. En la literatura posconflicto también ha habido cosas buenas.

¿Crees que, en términos generales, la literatura guatemalteca se abre al erotismo? ¿O es una literatura castrada?
Es muy fácil hablar con generalizaciones, pero me parece evidente que los guatemaltecos padecen en general de una aproximación primitiva y violenta a la sexualidad. El erotismo es todavía una utopía por imaginar.

En tu producción literaria, ¿cómo ves el erotismo?
Desde hace algún tiempo escribo para mejorar mi vida sexual. Tengo un libro, o dos, que funcionan como dispositivos de seducción.

¿Y el erotismo femenino? ¿Crees que es una expresión subversiva en un país conservador y machista?
Ser mujer es subversivo en Guatemala. Ser mujer y escribir es una afrenta a todos los fantasmas del país.

¿Molesta el erotismo femenino expresado en la  literatura escrita por mujeres?
 ¿A quién le molesta un poema? Tenemos la suerte de que el poder no lee en nuestro país. Es una gran ventaja que tenemos por sobre los demás países occidentales.

¿Cómo funciona el humor en tu obra? ¿Podrías hacer algún comentario en relación con el humor en la literatura de tu generación?
Somos herederos de Velorio y de Augusto Monterroso. Por mi parte publiqué ya una micronovela en la que trabajo con el humor negro, en clave de epifanías del dolor y del deseo. Ahora estoy por publicar una nouvelle que es una colección de gags metafísicos. Humor inglés con aderezo tropical. O algo así. Igual no me creas. Lo digo solo para generar expectativa y venderme. Es mi especialidad. Ya sabes que para cualquier iniciativa sin pies ni cabeza, o para cualquier proyecto sin ton ni son, donde haya dinero de por medio, siempre se podrá contar conmigo.

La muerte parece ser omnipresente en Guatemala. ¿Cómo ha impactado esta presencia ominosa en tu obra? ¿Y en la literatura guatemalteca?
Mis primeros libros de poesía intentan reflexionar la muerte con cierta intensidad. Era inevitable, me imagino. La poesía es la representación holográfica de la muerte del lector. El lector muere mientras lee, mientras tiene el libro abierto enfrente de sí.  Tampoco hay que olvidar que en toda literatura siempre aparecerá la lucha entre la luz y la oscuridad. Pienso en El señor presidente, pero también en El material humano.

Erotismo, humor y muerte… ¿Cómo funcionan estas tres piezas en el rompecabezas de la literatura guatemalteca?
Ojalá haya cada día más sexo y más felicidad. Es lo que deseo para todas.

¿Es la guatemalteca una literatura con capacidad para la fuga o estamos demasiado cercanos a nuestras crisis sociales e históricas?
Pienso que se debería crear un premio para obras de ciencia ficción rural. Date cuenta de que para evolucionar necesitamos crear el software biogenético que transforme nuestra conciencia. Es decir, libros que imaginen múltiples destinos. Una posibilidad interesante sería ficcionar sobre lo que ocurría en estos territorios antes de la migración por el estrecho de Bering. Eso sí que sería un viaje al futuro.

¿Cómo se escapa la literatura guatemalteca? ¿Qué se esconde bajo la sinuosidad del escape?
Todo libro es un viaje y un escape. Y todo libro esconde uno o varios secretos maravillosos. La literatura guatemalteca está intoxicada de realidad. De lo que se suele imaginar que es la realidad. Necesitamos también becas para desarrolladores de videojuegos.

¿Qué voz no se ha escuchado en la literatura del país?
No les hemos querido preguntar a los niños qué rollo.

Se habla de una literatura del desencanto para referirse a la literatura guatemalteca contemporánea. ¿Qué piensas de ello?
Es una marca muy útil para los académicos. A mí me interesaría más una literatura del encantamiento, pero en términos de hechicería.

martes, 16 de noviembre de 2010

Gerardo Guinea Diez: "El erotismo sigue siendo algo postergado, y lo expresan muy bien las mujeres asesinadas en los últimos años"

Gerardo Guinea Diez entrevistado por Carol Zardetto

Diario de Centro América, 16 de noviembre de 2010

Según dijo Mario Roberto Morales en una oportunidad, la literatura es quizá el producto más sofisticado que haya producido y sigue produciendo Guatemala hasta la fecha. ¿Compartes esa opinión? ¿Por qué?
Sin duda lo es. Basta ver los índices de desarrollo humano para que uno pueda concluir que en medio de la debacle nacional aún existan personas preocupadas por la cultura. Solo agregaría que no solo es la literatura. Hay que hablar de música, pintura, cine, teatro, entre otros. Y al asunto de la sofisticación hay que agregar el de la calidad. Hay mucha.

¿Sientes una identidad generacional con los escritores guatemaltecos contemporáneos tuyos? ¿Qué los identifica? ¿Qué les preocupa? ¿Qué motivos abrazan?
Ese es un tema complejo. Creo que los de mi generación son pocos, y sin duda tenemos afinidades entre nosotros y tratamos de entender que venimos de una tradición. Es decir, de Asturias, Monteforte, Monterroso, Cardoza, etcétera. Nos identifican cuestiones estéticas y políticas. Las estéticas, tratar de escribir lo mejor posible. Entender que no estamos inventando nada nuevo. Nos preocupa ser honestos (en el sentido literario), no creernos los elegidos.

¿Por qué el diálogo intergeneracional entre los escritores guatemaltecos se ha vuelto tan dificultoso? ¿No tiene algo que decir una generación a la otra?
Por una razón, las generaciones nuevas creen que descubrieron el dadá y no entienden que para romper primero hay que inscribirse dentro de la riquísima tradición literaria del país. Además está la cultura de las patadas bajo la mesa. El ninguneo abunda por doquier y el disparate se puede ver cuando recordamos una frase de Goethe: escritores con su librito particular. Es fácil encontrar los parricidios literarios. Quizá nos falta humildad y más trabajo.

El conflicto armado interno es uno de los hitos históricos que más ha impactado el arte en Guatemala, incluyendo la literatura. ¿Qué piensas de la literatura producida durante la guerra?¿Y de la literatura posconflicto?
Si fechamos la guerra desde el 54, pues años después se produce la gran literatura, la que logró un Nobel, un Príncipe de Asturias, un Juan Rulfo y otros escritores que sin premios lograron una exquisita obra, como Leyva, Illescas, Luis de Lión, Monteforte. O los que alcanzaron una especie de consagración, como Cardoza. Lo que viene después es de otro tipo. Al menos dos corrientes: la que aborda el conflicto directa o elípticamente y quienes se inscriben dentro de la generación del desencanto. Ahora bien, viene una nueva, la que está creciendo lejos de ciertos patrones y dentro unos 10 años tendrá mucho qué ofrecer. Además están los escritores atípicos, Rey Rosa, Halfon, nosotros, que estamos en medio de todo y nada.

¿Crees que, en términos generales, la literatura guatemalteca se abre al erotismo? ¿O es una literatura castrada?
Sin duda se abrió con algunas obras. Sin embargo hay aún cierto prurito con el tema. Los jóvenes abiertamente le apostaron, pero creo que en otra vía que a mi juicio no es erotismo. La dificultad aquí descansa en que la realidad es tan lapidaria, tan monstruosamente cruda, que el erotismo es un tema de segunda mano.

¿Y el erotismo femenino? ¿Crees que es una expresión subversiva en un país fundamentalmente machista? ¿Molesta el erotismo femenino expresado en la  literatura escrita por mujeres?
Por supuesto que es una expresión subversiva, lo que sucede es que la corrección política echó a perder todo su potencial. Aún recuerdo que eso del erotismo femenino era una cuestión común en las relaciones, en los barrios populares, (claro, sin obviar la chabacanería machista), pero una relación era menos complicada. No sabría decir si molesta ese tema, pero cuando algo está bien escrito, pues a nadie le incomoda. Las mil y una noche es el mejor ejemplo. O de pronto aquella novela El perfume de Suskind (perdón, pero no estoy seguro de cómo se escribe). Aunque el erotismo sigue siendo algo postergado, y algo que lo expresa muy bien son las más de 5,000 mujeres asesinadas en los últimos años o las 10,000 durante los años de la guerra. Por ello he escrito una novela sobre ese tema, que a pesar de ser tan horripilante tiene altas dosis de erotismo en el sentido de la libertad.

¿Cómo funciona el humor en tu obra? ¿Podrías hacer algún comentario en relación con el humor en la literatura de tu generación?
Casi en toda mis novelas está presente el humor, incluso en la más cruda, como El árbol de Adán. Por ejemplo, en Calamadres, una de las personajes se llama Marylin Monroy.

La muerte parece ser omnipresente en Guatemala. ¿Cómo ha impactado esta presencia ominosa en tu obra? ¿Crees que es un elemento fundamental de la literatura guatemalteca?
Uno quisiera decir que no, pero es imposible. La muerte está en todas mis obras, más de las veces sin nombrarla, está como una sombra, como la luz. Y si uno ve otras obras es lo mismo: Los compañeros de Flores, en Asturias, en Luis de Lión, en Mario Payeras, en Javier Payeras, en Quiñónez.

Erotismo, humor y muerte… ¿Cómo funcionan estas tres piezas en el rompecabezas de la literatura guatemalteca?
Pues son parte de la carpintería narrativa. Erotismo como una reivindicación, humor como una manera de resistir y muerte como un sello de la terrible construcción social del país.

¿Es la guatemalteca una literatura con capacidad para la fuga o estamos demasiado cercanos a nuestras crisis sociales e históricas? ¿Podemos ser universales?
Creo que las fugas no siempre funcionan, sobre todo cuando pensamos que así vamos a escribir la gran obra. Si te fijas en las grandes obras de la literatura universal —raras excepciones—, están sustentadas en lo nacional, pero su escritura y su fuerza es tan sólida que encarnan valores universales: Guerra y paz, El señor presidente, La muerte de Artemio Cruz, Cien años de soledad, Conversación en la catedral, etcétera. De igual modo están Faulkner, Rulfo, Cortázar, Piglia; en poesía, Paz, Carver, José Emilio Pacheco, Gelman, Szymborska.

¿Cómo se escapa la literatura guatemalteca? ¿Qué se esconde bajo la sinuosidad del escape?
Quizá su resistencia a verse en el espejo de lo que somos. Tal vez un territorio que atenaza demasiado y en la huida intenta construir otro imaginario, otra vida.

¿Existen voces nuevas en Guatemala? ¿Qué voz no se ha escuchado en la literatura del país?
Bueno, los últimos 15 años, al menos, es impresionante la cantidad de nuevas voces, unas buenas, otras menores, solo el tiempo irá decantando. Pero el boom es impresionante. Creo que lo publicado ya supera mucho de lo que se publicó en décadas anteriores. Además está el hecho de la recuperación de varios escritores muertos durante la guerra. Es significativo el surgimiento de escritoras, muchas de ellas alejadas de esa estética decimonónica y muy enfrentadas consigo mismas y con los tabúes que nos aprisionan. De pronto las voces que menos se han escuchado son las de los indígenas. Sin embargo hay cuatro o cinco voces muy potentes.

¿Hacia dónde va la literatura guatemalteca contemporánea? ¿Tiene esperanza?
Adónde va no lo sé, pero si lees detenidamente los periódicos no hay semana que no salga una novedad literaria. Cierto, más en poesía que narrativa, pero salen. Habrá entre 20 y 30 escritores que tienen presencia internacional. Unos más que otros, es cierto, pero la tienen de distintos modos. La gran tragedia de la literatura guatemalteca es que la mayoría de escritores no tenemos agentes. Por lo mismo estamos condenados a cierta marginalidad centroamericana. Si hay esperanza, creo que nadie escribe para tener esperanza. Alguien dijo que el éxito es para los cantantes. Como sea, somos el país centroamericano que más está editando, que con editoriales pequeñas y marginales ha sacado la gran tarea de estos años. Falta superar el provincialismo, los egos inflamados, falta construir una tradición de crítica literaria.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Un sueño agradable: la poesía completa de Marco Antonio Flores


En el 2006 Marco Antonio Flores recibió el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”. Para entonces, a Marco Antonio ya le habíamos publicado “En el filo” y teníamos en proceso la edición conmemorativa, 30 años, de “Los compañeros”.

Como parte de todas las actividades relacionadas con el premio fuimos invitados a un programa de radio, él más que yo, en una emisora de la zona 15, uno de los escasos programas dedicado a temas culturales. Al finalizar la entrevista conversamos con Marco Antonio sobre proyectos futuros y fue entonces que le propuse hacer una edición de su poesía completa. Al poco tiempo, en febrero del 2007, firmamos el contrato.

Pero como F&G Editores no es una editorial a la que le abunden los quetzales y la “Poesía completa” es un libro voluminoso y por lo tanto caro de producir, el mismo se demoró casi cuatro años en salir a luz. Recién el lunes 8 de noviembre recibimos los primeros ejemplares de la imprenta, que de inmediato tomaron rumbo: uno para amazon.com, uno para Beatriz Cortez en Los Angeles, cuatro para el autor, cuatro para Sophos y el resto para la Feria del Libro de Guadajalara en donde el libro se estará presentando el martes 30 de noviembre a las 7 de la tarde (o noche según la especie animal a que se pertenezca). En Guatemala se presentará en enero del 201l.

En el prólogo a “Poesía completa” dice Marco Antonio Flores:
“La vida es un transcurrir por la realidad, es un periodo de tiempo que tiene los años contados, es asumir compromisos con la forma que uno escogió para vivir.
Hay que sobrevivir hasta que se quiera o hasta que se pueda. En tan­to el tiempo transcurre monótonamente entre actividades a su vez monótonas o apasionantes, entre actividades que tienen que ver con la realidad objetiva, como comer, dormir, ir al trabajo, por lo general el mismo toda la vida, hasta que ésta se acaba.
Yo escogí otra vida; la realidad la enfrenté haciendo diversas tareas para sobrevivir: fui maestro universitario, corrector de pruebas y de es­tilo, director de teatro, editor de revistas y libros, novelista, periodista, columnista, exiliado, coordinador de talleres literarios, y otro montón de cosas.
Pero sobre todo, viví de y en dos sueños: la utopía de cambiar el mundo y la poesía.
Pero los sueños se acaban y uno despierta con mal sabor de boca. De mi utopía desperté así. Pero de la poesía desperté agradecido y pleno.
Aquí, en sus manos, está ese sueño agradable.”

El “sueño agradable” de Marco Antonio Flores incluye los siguientes libros de poesía: “La voz acumulada”, “Viento norte”, “Muros de luz”, “La derrota”, “Crónica de los años de fuego”, “Persistencia de la memoria”, “Un ciego fuego en el alma” y “La estación del crepúsculo”. Y para hacer el sueño aún más agradable el libro es el primero en ser publicado de la colección “Biblioteca Guatemala” (aunque no el primero de la colección) que estará dedicada a lo que según nuestro entender son libros indispensables y fundamentales para entender Guatemala y los guatemaltecos.

Y como esto lo estoy escribiendo el 13 de noviembre de 2010, 50 años después del levantamiento militar del 13 de noviembre en 1960, les comparto un fragmento del poema “La guerra” del libro “Crónica de los años de fuego”.

“Y se fue toda la plebe, en puño, contentos
para el monte, porque no era cosa de andar toda la vida
soportando a los chafas:
ahí iban el Yon Sosa y el Turcios y el Pascual
y el Coche Vides y el Efigenio y el Lacho Flores y el Rocael
y el Payeras y el Botzoc y toda la bola de muchachos
que se arrimaron a otros en la sierra de las Minas, en
las montañas del Mico y del Merendón, en Izabal, en Teculután,
en Zacapa, en Rabinal, y se abrieron las veredas y los trillos
con el corvo, y se hicieron los buzones para enterrar las armas
y el bastimento y las hachas para el combate y las botas
y el sudor de los hombres.
Y ya se ajustaron veintiún años de echar punta y ya se han
muerto todos los de entonces y son los mismos
en otras caras en otras voces y en las mismas ganas de seguir
volándoles barniz a los criminales
que siguen destrozando los poblados.”

viernes, 5 de noviembre de 2010

"El erotismo está tan presente como la muerte", Carol Zardetto entrevista a Denise Phé-Funchal

Comparto la entrevista que Carol Zardetto le hizo a Denise Phé-Funchal y que se publicó el viernes 5 de octubre de 2010 en el Diario de Centro América.




¿Sientes una identidad generacional con los escritores guatemaltecos contemporáneos tuyos? ¿Qué los identifica? ¿Qué les preocupa? ¿Qué motivos abrazan?

Quizá, y en todo caso me animaría a hablar de quienes crecimos en la ciudad, estuvimos expuestos a más o menos las mismas influencias. La guerra, el cambio hacia un sistema democrático, el embate de la cultura gringa a través de la televisión –con el cable especialmente– y la música, las mismas caricaturas y telenovelas, el crecimiento de las iglesias evangélicas, el aparecimiento del VIH, cambios importantes en los roles de género, los primeros centros comerciales… más o menos podríamos decir que fuimos testigos y receptores de un mundo que cambiaba, un mundo en el que las ideologías morían, o al menos se transformaban, en el que las causas se multiplicaron y los juegos políticos cambiaron. Fuimos testigos, de alguna manera, del desencanto y de la magnificación de las apariencias, es decir, de este juego perverso en el que, por un lado, vivimos en un sistema político que no funciona y en una realidad que se vuelve cada vez más violenta pero que, por el otro lado, nos ofrece, para todo el que quiera o pueda costearlo, la felicidad a través de lo material. Más ahora que en cualquier otro momento de la historia. A nivel local, pues crecimos con gobiernos democráticos, que son todo, menos eso. A diferencia de otras generaciones, lo político no se convirtió en una preocupación, al menos no por el lado de la militancia, pero ciertamente es un tema quizá general entre la generación a la que pertenezco. No lo político como práctica, sino las consecuencias de lo político, las consecuencias en la realidad social.

¿Por qué el diálogo intergeneracional entre los escritores guatemaltecos se ha vuelto tan dificultoso?

Las ideas de la felicidad, del mundo, de lo humano, de lo correcto, de lo justo, de lo social, cambiaron. Somos aquellos que se supone somos más libres, que no debemos luchar por obtener esa libertad u obtener derechos. Crecimos en esa apertura y quizá hemos perdido algo que para las generaciones anteriores fue esencial: la ideología y la práctica política. Quizá de esto nazca una especie de rechazo entre generaciones o al menos forma un campo magnético, podríamos decir, que hace que la relación y el diálogo sean difíciles. Quizá las generaciones anteriores nos ven como una partida de irresponsables en materia de política y quizá lo somos. Y como contraparte de esto es posible que los de ahora los veamos como seres dogmáticos, a veces monotemáticos, y quizá lo sean. El ritmo al cual se mueve y cambia el mundo es parte de esta separación, y las cosas que tienen que decirse no se dicen, no se escuchan, no se buscan. El silencio, casi generalizado, entre generaciones es algo de lo que son responsables los dos lados.

El conflicto armado interno es uno de los hitos históricos que más ha impactado el arte en Guatemala, incluyendo la literatura. ¿Qué piensas de esta afirmación?

Mucho de lo escrito en Guatemala está ligado al conflicto armado. Hay cuentos, novelas, poemas que lo toman como tema. Muchos escritores guatemaltecos, que lo vivieron y que no lo vivieron, lo han trabajado a profundidad. Aún queda mucho que decir y seguramente será un tema que tengan en común varias generaciones de escritores. Hay quienes han escrito sobre este desde una experiencia personal y otros a través de relatos de terceros, o del imaginarse lo que pasaba, lo que podía ser dicho o vivido. La guerra es un tema eterno, es donde juegan las pasiones humanas. Por eso es tan atractivo.

Tu generación literaria ¿se encuentra distante de la historia de Guatemala? ¿Se trata de una generación a-histórica?

Uy no, al contrario. En lo personal me gusta pensar que somos una generación informada, o que al menos tiene a su alcance mucha información, y esto permite que podamos construir una versión de la historia pasada, pero que también podamos describir la historia que se genera en el día a día. Somos narradores de lo cotidiano. En este sentido podría decirse que todo escritor es a-histórico cuando escribe sobre su época, cuando la describe, o cuando imagina lo que pasará.

¿Está presente el erotismo en tu obra?

Sí, el erotismo es parte de lo que escribo. No como tema principal, pero sí como parte de una trama o de una historia, cuando lo requiere. Está tan presente como presente está la muerte, el amor, la maldad, la empatía, la locura, el desencanto.

¿Crees que, en términos generales, la literatura guatemalteca se abre al erotismo? ¿O es una literatura castrada?

Vaya, esta es una pregunta complicada. Hummmm… creo que el erotismo ha estado presente siempre, explícitamente o no, a través de la descripción directa o a través de los silencios en las obras, de lo que se critica –desde el autor o del personaje– sobre tal o cual acto considerado erótico. Por otro lado, creo que el sexo, quizá más que el erotismo, sí está presente en las obras de los escritores contemporáneos. Pero creo importante mencionar que la descripción y enfoque de los actos sexuales o de los actos eróticos en la literatura están mediados por la forma como el autor ve –y quizá vive– la sexualidad y según los personajes o las historias lo requieran. La literatura no es castrada. Quizá lo que la caracterice actualmente es que plasma una imagen más cruda, y tal vez más real y menos romantizada, de las relaciones sexuales.

¿Y el erotismo femenino? ¿Crees que es una expresión subversiva en un país fundamentalmente machista? ¿Molesta el erotismo femenino en la literatura escrita por mujeres?

Uyyyy, vaya pregunta, jajajajaja…. Mirá, por experiencia puedo decirte que, más que ser visto como un acto subversivo, es visto con morbo, con curiosidad. Quizá quienes lo sienten subversivo sea la población más vieja, que de verdad, por cultura y crianza, consideren la sexualidad de las mujeres como algo de lo que no hay que hablar. Pero esto no es tan común entre los más jóvenes, al menos no entre el círculo de escritores y lectores.

¿Cómo funciona el humor en tu obra? ¿Crees que puedes hacer algún comentario en relación con el humor de tu generación literaria?

Como humor negro, bastante perverso, y más a través de la poesía que de la narrativa. Más que usar el chiste directo, me río de la condición humana. En cuanto a mi generación literaria, creo que, como en lo demás, somos una generación diversa, que se ríe cada uno a su modo de lo que ve. Algunos usan el humor directo para hacer reír a sus lectores, y otros, humores más sutiles, más negros o más dulces e inocentes.

La muerte violenta parece ser omnipresente en Guatemala. ¿Cómo ha impactado esta presencia ominosa en tu obra? ¿En la literatura guatemalteca?

No plasmo directamente las muertes de camionetas, las balaceras, los aún presentes crímenes políticos. Me voy más a la muerte violenta que no se ve todos los días, a la que sucede en espacios más cerrados, más privados, que no aparece tanto en los medios de comunicación, la que quizá no vende. Es imposible escapar de ella. Sobre ella se escribe en países mucho más seguros y tranquilos. Lo que pasa es que acá tenemos exceso de ejemplos, sobredosis de inspiración.

¿Es la guatemalteca una literatura con capacidad para la fuga? O bien, ¿estamos demasiado cerca de nuestra historia y crisis sociales?

¡Claro que tiene capacidad para la fuga! Para dos tipos de fuga. Primero, para hablar y pensar en cosas distintas a lo que sucede en el día a día, en nuestras crisis sociales y las historias particulares –o historia– que forjamos como pueblo. Existe la capacidad de crear fuera de las crisis y la historia. De lo que no podemos escapar es de lo humano, de sus pasiones, y eso hace que pueda darse la fuga en el segundo sentido, en el de que algunos escritores locales o conocidos en Guatemala nada más puedan en algún momento fugarse de esta realidad, del país si lo querés ver así. Quizá darse cuenta de que el ser humano es lo mismo en todas partes. Más o menos crudo, pero el mismo. Lograr transmitir eso, esa humanidad de lo local, puede ser la clave para la fuga definitiva.

¿Cómo se escapa la literatura guatemalteca? ¿Qué se esconde bajo la sinuosidad del escape?

¿De la realidad general y las crisis locales? Se escapa hablando de lo cotidiano… y al revés… Y ¿qué se esconde bajo el escape…? No creo que sea cobardía ni irresponsabilidad social ni nada por el estilo… Bajo el escape se esconde el autor. Sus intereses y manera de ver la vida, de vivirla, sus miedos y su forma de lidiar con ellos. Bajo el escape se esconde la literatura.

¿Qué voz no se ha escuchado en la literatura guatemalteca? ¿La de la mujer?

Creo que lo que se ha escuchado es la voz de quienes escriben y que han tenido la oportunidad de publicar, sea cual sea su sexo biológico, su adscripción política o su procedencia étnica. Y la publicación tiene por lo menos tres modalidades en el país: artesanal, autopublicación o, si tenés suerte, lográs que una editorial te haga caso. Pero es complicado, a pesar de que en números pueda haber crecido un poco la producción y que se haya dado una apertura a representantes de grupos de población. No hay que olvidar que vivimos en un país de no lectores y, por lo tanto, de sordos, en el cual la publicación no es siempre un negocio rentable. Eso sí, la mayoría de publicaciones en Guatemala son de literatura masculina, para llamarla un poco parecido a como se llama a lo escrito por mujeres. Quizá hay menos interés por parte de las editoriales, quizá son menos las mujeres que se acercan a estas, o quizá es que te toca hacer cola detrás de los hombres.

¿Ven los jóvenes escritores esperanza en la literatura guatemalteca contemporánea?

Somos una generación de desencanto, y creo que es bajo ese desencanto que transmitimos –deliberadamente o no– la esperanza. Más que dar discursos sobre el debería, plasmamos lo absurdo, lo violento, lo crudo de la realidad política y social que como seres humanos forjamos. Quizá esperando, quizá no, que esto sacuda a la gente, al menos a la poca gente que lee.