viernes, 18 de marzo de 2011

CUC: EJERCITO, POLICÍA NACIONAL CIVIL, PARAMILITARES Y FINQUEROS HIEREN Y ASESINAN A CAMPESINOS


EJERCITO, POLICÍA NACIONAL CIVIL, PARAMILITARES Y FINQUEROS HIEREN Y ASESINAN A CAMPESINOS

En los desalojos realizados hoy 15 de marzo, en el Valle del Polochic, fuerzas de seguridad y paramilitares atacaron a campesinos y campesinas, incluyendo niñas, niños y ancianos. 
En la Comunidad Miralvalle el desalojo fue dirigido por el dueño del Ingenio Chabil Utzaj, Carlos Widmann, el gerente del mismo Ricardo Díaz y Jorge Mario Barrientos a quienes responsabilizamos de los hechos y sus consecuencias.

Las y los campesinos de esta comunidad solicitaron que se les permitiera cosechar el frijol y el maíz que habían sembrado para su subsistencia, pero ello les fue negado por las autoridades.  Cuando los pobladores de las comunidades estaban solicitando que no se destrozaran los cultivos, durante el diálogo, las fuerzas de seguridad y paramilitares comenzaron a disparar y lanzar bombas lacrimógenas, a pesar de la presencia de mujeres y niños. Seguidamente un tractor pasó destruyendo los cultivos.

Como resultado de los disparos realizados indiscriminadamente, fue asesinado de un tiro en la cabeza el compañero Antonio Bed Ac y se encuentran heridos Federico Caal con un disparo de escopeta en la pierna, Emilio Xol y Hugo Caal por las bombas de gas lacrimógeno y Concepción Tut gravemente intoxicada; 51 familias han quedado sin sus cosecha y con sus casas destruidas.
En el casería Agua Caliente de Telemán, Panzós, Alta Verapaz, a las 8:45 de la mañana ingresaron 20  patrullas de la Policía Nacional Civil y 15 camionetas del ejercito; con un aproximado de 2,000 elementos entre policías, soldados, ministerio publico y agentes de particular armados con armas cortas.

Cuando los campesinos y campesinas se estaban retirando, la policía nacional civil ingresó violentamente utilizando a grupos de choque de campesinos armados con machete quienes entraron a quemar las casas y destruir la  milpa. En la retirada la policía junto con los campesinos  de choque, persiguieron a los campesinos con bombas lacrimógenas hasta penetrar en un terreno privado, donde entraron a la casa de la señora María Elena Pau, dueña del inmueble a quien golpearon y vapulearon a José Tun y Rafael Suy que se encuentran heridos. 

Además fueron capturados por la policía los compañeros Justo Tiul Chen, y Sebastian Choc
Responsabilizamos de los muertos, heridos, destrucción de ranchos y quema de cultivos  a Carlos Widmann y Ricardo Díaz, así como a los jefes de la policía y del ejército que dirigieron los ataques en contra de las comunidades K’ekchi’s. Asimismo son cómplices de estas heridas, muertes y daños el fiscal del ministerio público Benigno Ramírez y la jueza Úrsula Magnolia Teyul Yat.

Responsabilizamos, al gobierno de Colom y las y los funcionarios de la Secretaría de Asuntos Agrarios y el Mecanismo de Diálogo Permanente, por engañar a las comunidades campesinas ya que el día de ayer, en la mesa de diálogo, recibieron la propuesta de las comunidades  para solucionar la problemática y hoy eran ilocalizables lo que evidencia un contubernio con los finqueros asesinos y son cómplices de los heridos, asesinatos y destrucción en contra de las comunidades.

Responsabilizamos al BCIE porque lo único que le interesa es recuperar, manchado con sangre de indígenas y campesinos, el dinero que prestaron a los dueños de Chabil Utzaj y que curiosamente fue otorgado a la familia de la esposa del expresidente Berger cuando éste se encontraba gobernando, lo que da indicios de corrupción o tráfico de influencias.

Exigimos que cesen los desalojos y se resuelva la necesidad de más de 800 familias campesinas que no tienen dónde sembrar sus alimentos.

Solicitamos a las organizaciones nacionales e internacionales su solidaridad con las familias desalojadas y su condena a los funcionarios del Estado guatemalteco responsables de estas acciones y a la familia Widmann, dueños del Ingenio Chabil Utzaj.

Cabeza Clara, Corazón Solidario y Puño Combativo
De las y los Trabajadores del Campo

Comité de Unidad Campesina

CUC

15 de marzo de 2011.

Más información en: www.cuc.org.gt

domingo, 30 de enero de 2011

Sintaxis del Privilegio Cisexual en Don Giovanni de Arturo Arias, por “una mujer transfeminista”


Desde mi propia mirada y desde mi propia voz como mujer transexual lesbiana y transfeminista desearía hacer una denuncia y una crítica abierta a la publicidad que circula en los medios y en los blogs, promocionando la novela, Arias de Don Giovanni, así como a los comentarios que hace en la prensa su autor, el escritor guatemalteco Arturo Arias.

Lamentablemente, no puedo manifestarme públicamente sin ponerme en grave riesgo físico y emocional. Yo no gozo del privilegio que disfrutan ustedes -y el autor- por ser personas cisexuales (no transexuales), ya que ni su género ni su sexo pueden ser cuestionados y los míos sí, de manera que pueden vivir y moverse libremente sin el constante temor a la violencia focalizada que en cualquier momento, desde cualquier lugar, puede atacarla a uno sencillamente por ser quien es, todo esto con la aprobación directa o indirecta de la sociedad.

Otras mujeres trans seguramente no estarán de acuerdo conmigo, pero también es cierto que cada vez mas mujeres trans organizadas en redes de activismo internacional, nos pensamos a nosotras y nuestras circunstancias de esta manera: Transfobia es la violencia que resulta del ejercicio del privilegio cisexual (no transexual) de creer que el género y el sexo de ustedes son “verdaderos” o más “verdaderos” que el de las personas transexuales.

De acuerdo a su publicidad la novela de Arias trata de “una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre” (elPeriodico) y al mismo tiempo según F&G Editores, esta obra es “la primera en abordar en Guatemala las relaciones homosexuales sin tapujos, pero delicadamente.” (Siglo XXI) Esta mezcla de ideas se encuentra a lo largo de todos los comunicados de prensa y las declaraciones de autopromoción del autor. Por un lado se presenta como una obra que trata sobre las mujeres trans, se les llame o no de esa manera y por el otro lado, todo el tiempo se deja muy claro que “en realidad” se trata de un hombre, que se puede llamar Juana o como quiera, hasta se puede hablar en femenino de ella, eso no importa, la realidad es que es un hombre, un hombre homosexual, no una mujer “verdadera”. Se trata de “La sonrisa del Esfinter de su Juana” como dice el autor.

Esto es transfóbico.

Tratar a las mujeres trans como si fueran hombres y a los hombres trans como si fueran mujeres, es transfóbico.

Mostrar la feminidad de las mujeres trans y la masculinidad de los hombres trans como algo artificial que solo encubre su “verdadero” genero y su “verdadero” sexo que, según ustedes, no es aquel que presentan las personas transexuales sino el que ustedes interpretan o les imponen. Todo esto también es transfobia.

Enfocarse en las mujeres trans como objeto sexual y anticiparse a cualquier crítica acusando de ser “políticamente correctas”, exageradas, convencionales o faltas de sentido del humor, a quienes no estemos de acuerdo, es una táctica misógina ampliamente conocida en el feminismo en general.

Me imagino que muchos no lo sabían, pero existe la misma proporción de hombres transexuales, que de mujeres transexuales, pero de eso ni se habla. Lo que importa es hiper-sexualizar e hiper-objetivar a las mujeres trans, que al igual que las mujeres cisexuales (no transexuales) se supone que estamos aquí y valemos sólo para servir a los hombres.

Esto es transmisoginia.

Se habla que la editorial F&G “se arriesgó” publicando esta obra y se subraya su “atrevimiento” como una herramienta de mercadeo a través del escándalo. Atrevimiento para quien? Se convierte a las mujeres trans en criaturas exóticas para luego apropiarse de sus vidas y sus cuerpos y sus historias y con esa materia prima se elaboran productos en este caso estereotipos culturales, para entretenimiento y satisfacción de la fuerza patriarcal dominante.

Esto es colonialismo puro. Explotación descarada de las mujeres transexuales, como ha ocurrido y sigue ocurriendo todo el tiempo con las mujeres en general.

Sería demasiado pedir que fueran las mujeres trans quienes contaran sus propias historias, en ficciones o en documentales, así que si un autor famoso por sus logros literarios va a abordar el tema, por lo menos podría tomarse un poco más en serio las vidas de los seres humanos que retrata.

Al parecer el autor reside en estos momentos en Texas. Ya que le interesa tanto el tema de las mujeres trans ¿Por qué no mejor nos cuenta la historia de las dos mujeres transexuales de San Antonio, que según publicaciones de la semana pasada, fueron violadas por el oficial de policía Craig Nash y por lo cual el policía cisexual recibió apenas un año de cárcel? Los fiscales consideraron que ni valía la pena defender los derechos de dos “travestis”, como llaman peyorativamente las personas cis a las mujeres transexuales, así que lo acusaron del delito menor de uso indebido del cargo.

O ya que anda de viaje por Centroamérica ¿Por qué no habla aunque sea un poco de las más de 45 mujeres trans y hombres gay que han sido cruelmente asesinadas y asesinados en Honduras durante los ultimos meses? Una situación tan crítica que hasta los aliados leales de Tegucigalpa como la Embajada de Estados Unidos acaban de intervenir para unirse a la protesta de las organizaciones de derechos humanos LGTB. Los asesinos no las consideraban “verdaderas” mujeres y decidieron actuar en consecuencia. De todas maneras la sociedad en su conjunto tampoco las tomaba demasiado en serio.

Tanto para las mujeres transexuales que hemos tenido el privilegio de contar con educación y algunas oportunidades, como para las que se han visto obligadas a trabajar en la prostitución para sobrevivir, esas son las consecuencias reales de la transfobia.

Condenamos la violencia contra las mujeres en general y contra las mujeres transexuales en particular, sea en Juárez o en San Pedro Sula.

En las primeras dos semanas de enero fueron asesinadas tres mujeres trans en Honduras, dos de ellas fueron quemadas vivas y se encontraron preservativos masculinos tirados al lado de sus restos, lo que hace suponer que fueron violadas previamente.

Así es como se convierte en sintaxis “La Semántica del Semen”, para las mujeres trans.

(Texto leído por Carolina Escobar Sarti, en la presentación de Arias de don Giovanni, el 28 de enero de 2011 en el Centro Cultural de España). El video de dicha lectura se puede ver en: Facebook

viernes, 3 de diciembre de 2010

Javier Payeras: Yo no encontré ningún arraigo en la literatura del realismo mágico, militante o testimonial latinoamericana

Javier Payeras entrevistado por Carol Zardetto 
Diario de Centro América, martes 30 de noviembre de 2010




Según dijo el escritor y crítico literario Mario Roberto Morales en una oportunidad, la literatura es quizá el producto más sofisticado que haya producido y sigue produciendo Guatemala hasta la fecha. ¿Compartes esa opinión? ¿Por qué?
Yo no lo creo. Yo creo que Guatemala es un país complejo, por lo que reducir su complejidad es un resabio que nos dejó la  Colonia. Desde hace tiempo ver hacia afuera, ir tras la panacea cosmopolita dejó de ser importante. Los tiempos cambian. La contemporaneidad significar ver desde adentro y desde adentro deconstruir lo de afuera. Hoy en día lo que puede pasar en Tokio, en Londres o en Afganistán –matices más, matices menos– sucede en Guatemala. El antilocalismo es uno de los resabios que nos dejó la modernidad. Para los modernos era importante irte a las grandes ciudades europeas, sobre todo para robar fuego a Prometeo y venir a encender una hoguera en los pequeños cenáculos locales. El Internet está aboliendo gradualmente eso. Las narrativas importantes son las que se escriben desde las periferias, Europa agotó su discurso y perdió su poder como epicentro cultural desde que surgieron Nueva York o Tokio. Solo le queda el pasado. Ah, y algunas bienales y el Premio Nobel.
La tradición literaria guatemalteca no es importante porque somos herederos de muchas hablas, no de una sola y única vertiente. En la literatura guatemalteca se va cayendo la máscara del pensamiento único impuesto por los intelectuales criollos. Replantearse el Popol-Vuh, nuestro libro secuestrado, desde la posmodernidad puede ser una apropiación lúcida para los intelectuales indígenas y mestizos. No me encuentro referencialmente con la literatura del siglo XIX guatemalteco,  no me hallo ni en Pepe Batres ni en Pepe Milla ni en Máximo Soto Hall, que son tan celebrados por determinados gustos intelectuales que tratan de descubrir en ellos su árbol genealógico.  Sin embargo me interesa la historia de los  movimientos culturales y literarios que se inician con la llegada de  José Martí a Guatemala. Ahí comienza nuestra revuelta romántica tardía contra la feudalizada tradición española y su medievalismo literario.  Ese darle la espalda a España me parece tan vigente entonces como ahora. De ser posible me gustaría escribir un libro en inglés, en chino o en tz'utujil, por ejemplo. En medio de este plano de hablas, donde no se percibe una unidad de nación, tenemos escritores que sí pueden considerarse sorprendentes. Un Miguel Ángel Asturias jamesjoyciano (James Joyce), un Cardoza y Aragón bretoneano (André Bretón) y un Monterroso borgeano.
Los escritores contemporáneos guatemaltecos ya no son un pararrayos celeste, como los nombra Darío, sino routers para Internet: los escritores más jóvenes tienen antenas más despiertas al mundo.

¿Sientes una afinidad generacional con los escritores guatemaltecos contemporáneos tuyos? ¿En qué aspectos existe afinidad? ¿Qué les preocupa? ¿Qué motivos abrazan?
Para mí, la llegada del cable a mi colonia fue como la llegada del hielo a Macondo. Mi generación literaria (clase media urbana), que empezó a escribir con las editoriales emergentes de los noventa, nos enteramos de que había guerra en Guatemala por CNN, en medio de esta burbuja social que es la clase media urbana.
No tuvimos un hilo de conexión con la literatura testimonial de la guerra ni con la literatura sesentera de Guatemala. Quienes nos sentábamos a escribir lo hacíamos alrededor de ciertos gustos, muy alejados de lo que era predominante en la literatura guatemalteca o lo que leían los escritores guatemaltecos tradicionales. Estuardo Prado fue fundacional de todo esto y nuestro interés iba por los libros de ciencia ficción de Philip K. Dick, las novelas de  Douglas Coupland, Foster Wallace o Bret Easton Ellis. Yo no encontré ningún arraigo en la literatura del realismo mágico, militante o  testimonial latinoamericana. En ese sentido, los de mi generación carecemos de territorio. Al menos esa es mi perspectiva.

¿Por qué el diálogo intergeneracional entre los escritores guatemaltecos se ha vuelto tan dificultoso? ¿No tiene algo que decir una generación a la otra?
Tengo una relación muy cercana con los escritores emergentes. Ideas e intereses comunes nos unen. Algo que no sucedió con los de la X en los noventa. La guerra dejó un país discursivamente fragmentado. Los escritores sobrevivientes esperaban de nosotros la continuidad de ellos en cuanto al tema de la guerra. Una épica que iba a reivindicar la lucha revolucionaria. Ojo, nuestra obra no es la literatura de posguerra. Quienes están escribiendo la literatura de la posguerra son escritores que se formaron, salieron de Guatemala, y que cuando regresan se reconcilian con el país y lo pueden ver con otros ojos.

El conflicto armado interno es uno de los hitos históricos que más ha impactado el arte en Guatemala, incluyendo la literatura. ¿Qué piensas de la literatura producida durante la guerra? ¿Y de la literatura posconflicto?
Los escritores militantes se quedaron en un habla. Pero creo que no va a tener muchos precursores. Creo que su legado va a ser más bien didáctico acerca de su época. Claro, no lo puedo predecir. Los verdaderos libros de la posguerra son, por ejemplo, Con pasión absoluta (Carol Zardetto), Material humano (Rodrigo Rey Rosa), El arte del asesinato político (Francisco Goldman), las novelas de Gerardo Guinea y Sopa de caracol (Arturo Arias) y algunos que también tocamos el tema como los Señores de Xiblablá (Ronald Flores) o Ruido de fondo. Esta es la literatura de la posguerra y me interesan más que los otros. ¿Por qué? Se abre paso al descubrimiento de la enorme fosa común que nos dejó la violencia. Curiosamente los libros que cité vienen de cierta marginalidad local, sus autores no encajan dentro de ese árbol genealógico del canon chapín ni dentro de los estudios subalternizantes del género y demás reductos académicos. Estas obras son irrespetuosas a la manida tradición literaria de este país que no supera su adicción al  paisaje.
 A mí, en lo personal, el tema de la guerra me interesó y de alguna manera lo toco en Ruido de fondo, por ejemplo. La literatura de la posguerra despierta con el descubrimiento de la guerra misma. Un recuento de daños. 
Considero que un intelectual comprometido es quien organiza la cultura y no el que simplemente divaga: trabajar en la cultura en Guatemala es una militancia. En el caso de mi generación, el compromiso con el país y la sociedad tiene una característica que la separa de la generación que escribió durante la guerra: no estamos sesgados ideológicamente. Así, nos distanciamos de la noción del arte por el arte, pero también de una obligación de condescender con alguna ideología. Distanciarse del conflicto social o de la historia no significa ser un escritor de bestsellers a la venta en los supermercados. El arte implica una búsqueda de formas que también es un compromiso. Lo que no puede perdonarse nadie es escribir obras mediocres.

¿Crees que, en términos generales, la literatura guatemalteca se abre al erotismo? ¿O es una literatura castrada?
A mí me da  mucha curiosidad cómo ven los grupos culturalistas mayas a Luis de Lión.  En primer lugar, el desconocimiento de su obra, y en segundo, el rechazo. No entra en la visión de la cosmogonía. ¿Por qué?  La mejor manera de tener dominado al subalterno es negarle su capacidad de desear. Si cortás con el deseo, el subalterno se convierte en un ser puro, asturiano o muy a lo García Márquez.  El tiempo principia en Xibalbá, que es la obra más importante que se ha escrito sobre erotismo en este país. La idea de secuestrar un virgen de un pueblo y usarla como un elemento erótico me parece el punto de partida de una transgresión que subvierte el poder real. Aparte da herramientas de deseo a un grupo que políticamente es parte el paisaje. También me parece interesante la literatura homo-erótica de Francisco Nájera.  Al fin y al cabo, el tema importante es lo político de lo erótico, en el que el deseo subvierte el poder. Lo indígena transgrede la castración histórica que deviene de negarle esa capacidad de seres deseantes que impera en el pensamiento colonizado y neo-colonizado. En ese sentido, tenemos un ejemplo interesante: la poetisa Rosa Chávez, mujer indígena que habla desde el deseo. Manuel Choc es otro indígena k’aqchikel que escribe una literatura gay.

¿Y el erotismo femenino? ¿Crees que es una expresión subversiva en un país conservador y machista?
Cardoza y Aragón creo que lo dijo: la mujer es el indio del indio. Eso expresa muy bien la situación subalterna en la que se ha mantenido a la mujer. ¿Qué nos dice eso?  Que en una sociedad como la nuestra existe una cadena de sujeciones. En Guatemala no hablamos de un país, sino de un centro penitenciario.  Se trata de un problema foucaultiano. Ahora la visión neo-colonialista nos vende algo peor: normalizar para controlar. Normalizar genera mercados y reduce el interés por subvertir.  Se les abren “espacios de expresión” y con ello se neutraliza la disidencia. Lo que están haciendo es volver los temas apolíticos. Para volver político el tema del deseo de la mujer es necesario que se produzca una obra literaria realmente transgresora que nos haga volver a ver con frescura un tema invisibilizado por la corrección política.

¿Molesta el erotismo femenino expresado en la  literatura escrita por mujeres?
La literatura femenina en Guatemala está creciendo. Las mujeres que han escrito sobre erotismo en Guatemala están más cercanas a Simone de Beauvoir que a Anais Nin o Rosa de Luxemburgo.  La literatura de mujeres debe subvertir el papel de víctima.
Creo que en este tema nos hemos quedado seducidos por el escándalo. Personalmente me parece más apasionante y significativa la vida de Margarita Carrera que la de Pepita García Granados. O la obra erudita y sensible de María Cruz, Luz Méndez de la Vega, Delia Quiñónez o Carmen Matute, que son íconos. La increíble Isabel de los Ángeles Ruano. Tenemos pendiente la tarea de conformar esa iconografía femenina. El tema erótico en la mujer es como una bomba de humo para poder replantearnos el papel intelectual y político de la mujer.  Ana María Rodas, desde el diario oficial, es un cambio fundamental dentro de nuestro panorama cultural.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Carolina Escobar Sarti: Creímos que era solo firmar los Acuerdos de Paz y tener inmediatamente un país nuevo

Carolina Escobar Sarti entrevistada por Carol Zardetto 
Diario de Centro América, viernes 26 de noviembre de 2010



Sientes una identidad generacional con los escritores guatemaltecos contemporáneos tuyos?
Me he sentido un poco sola. Aquí en Guatemala se forman guetos y yo no pertenezco a ninguno porque creo que el gueto es el lugar sin el otro. El gueto tiene una frontera con demasiados candados. En un país tan desempoderado, segmentado y violento como el nuestro, los guetos no nos sirven, pero funcionan perfectamente, pues en ellos priva la lógica de que todo puede pasar mientras nadie se mezcle con el otro o la otra y la diversidad de ideas, de sueños, de propuestas, no dialogue. Aquí hay muchos que aún respaldan el popular aforismo de “cada mico en su columpio”. No nos mezclamos ni siquiera los que escribimos. Cada quien es muy poderoso dentro de su gueto y tiene miedo a encontrarse con quien está afuera, con quien es su diferente. Hemos sido gente de la palabra que no la usa para dialogar entre diversos mundos, sino para evangelizar entre convencidos.
Sin embargo, este sentirme un poco sola me ha permitido hacer otro tipo de acercamientos. He podido –para mi suerte–, transitar intergeneracionalmente. Creo que hay pocos escritores y escritoras de mi edad, y los pocos que estamos nos hemos acompañando escasamente en este ejercicio de la palabra. Como generación nos  vinculamos al conflicto a través de la cultura del silencio. Estuvimos a cinco años de distancia de estar todo lo cerca que había que estar, y a otros cinco de pertenecer a la generación que se distanció más marcadamente del conflicto. Somos la generación de la transición, una generación del interregno, un paréntesis. Hubo una generación perdida en la economía. También creo que la mía fue la generación perdida en la palabra, no por su fracaso, sino por su ausencia. Esa cultura del silencio se expresó, en muchos hogares citadinos, en frases como “estos temas no se discuten fuera de casa”. Los de antes estuvieron en el exilio, tanto si se fueron como si se quedaron. Los de después, en los temas urbanos y existenciales. A partir de la firma de los Acuerdos de Paz, y un poco antes quizás, recuperamos la esperanza y la palabra, pero se nos cayó la esperanza. No pudimos conectar una época con la otra. Estamos en una época posconflicto viviendo una crisis enorme, y solo ahora nos estamos haciendo las preguntas esenciales que debimos habernos hecho antes.

¿Por qué el diálogo intergeneracional entre los escritores guatemaltecos se ha vuelto tan dificultoso?
Al contrario. Tenemos mucho que decirnos. Pero creo que el diálogo se vuelve difícil cuando hay adultos que sienten la necesidad de situarse en púlpitos y no en espacios de conversación e intercambios más horizontales. Esas personas generalmente precisan de grupos o guetos donde se crea ciegamente en su palabra. Me parece que la responsabilidad de abrir este diálogo corresponde más a las generaciones de los menos jóvenes, porque los que entran a la vida están aprendiendo el ejercicio de dialogar a través del ejercicio que hacemos los adultos con ellos y entre nosotros. Pero los pulpitosos no han estado dispuestos a bajarse de su tribuna. Desde allí quieren sostener su aura de iluminación. El problema es el autoritarismo y una bota metida en la cabeza. Esa mentalidad de caudillos ha permeado hasta la literatura. Nos impide comunicarnos más horizontalmente entre generaciones, culturas, géneros. Recuerdo, incluso, que cuando murió uno de nuestros escritores, un discípulo suyo preguntó literalmente: “Y ahora que se murió el patriarca de las letras, ¿qué vamos a hacer?”. Pareciera que estamos demasiado pendientes de que nos respeten, crean ciegamente en lo que decimos, que nos obedezcan o nos endiosen. Nos tomamos demasiado en serio. Desde esa perspectiva, la palabra no se convierte en lo esencial, sino los escritores. Este supuesto nos tiene quebrados.
Sin embargo, generalizar es trivializar. Algunos nos hemos logrado comunicar entre nosotros sin que medie mucho púlpito o sin que esa sea la intención. He tenido espacios de comunicación muy rica con Luz Méndez de la Vega, Gustavo Wyld, Javier Mosquera, Margarita Carrera, Javier Payeras, Alan Mills y Ana María Rodas, entre otros. Y con varios y varias jóvenes también.

El conflicto armado interno es uno de los hitos históricos que más ha impactado el arte en Guatemala, incluyendo la literatura. ¿Qué piensas de esta afirmación? ¿Por qué?
Claro. ¿Cómo ser quienes no somos? ¿Cómo desvincularnos de nuestra propia historia? Incluso cuando se quiere ir por la ruta de el arte por el arte, aún en ese aparente no compromiso hay una posición política frente al mundo. Somos seres gregarios, históricos, imbricados en nuestras particulares historias y formas de conciencia.  Hubo mucha crítica a lo panfletario, pero yo no puedo desvincular, por ejemplo, a Otto René Castillo de su época. Fue totalmente válido y honesto lo que él y otros escribieron en su momento. No quisiera descalificar tan fácilmente lo panfletario o lo aparentemente indiferente.
La literatura de la guerra ha sido descalificada desde lo canónico como panfletaria o testimonial.  Sin embargo se convierte en un referente histórico importante, sobre todo cuando hablamos de poesía, que es la abstracción mayor. Si alguien se detiene a examinar la literatura de la guerra va a encontrar claves importantes para comprender la historia de este país.  Sería interesante poner en un corpus toda la literatura de la guerra. Encontraríamos allí una historia paralela, escrita desde otros códigos.
En cuanto a la literatura posconflicto, hubo un pequeño boom luego de la firma de los Acuerdos de Paz en el país, muy amarrado a lo ideológico, a la esperanza, a la necesidad quizá inocente de vernos. Creímos que era solo firmar los Acuerdos de Paz y tener inmediatamente un país nuevo. Ahora está sedimentándose una literatura posconflicto más sólida, pero generalmente no alude al conflicto, porque repito que parece que está mal visto escribir sobre la guerra. Hubo un regreso a preguntas existenciales, a una especie de búsqueda interior, a lo urbano, a repensarse sujeto desde la literatura. Muchos de los escritores llamados canónicos, no quisieron nombrar la guerra inmediatamente después de terminada, porque se veía muy mal, como pasado de moda. El canon mandaba eludir el tema para no caer en lo panfletario. Hubo mucho miedo al panfleto. Estaba todo tan cerca.
Creo que la verdadera literatura posconflicto se escribe desde la distancia (y no solo la geográfica) impuesta por un exilio o un autoexilio, o desde la que se logra estando en el país, desde una condición de extranjería. No muchos consiguen hacerlo, pero no es imposible. No responder a  modas, sino a mi propuesta personal honesta, desde mi compromiso particular con la realidad de la cual formo parte, puede hacer una diferencia.

¿Crees que, en términos generales, la literatura guatemalteca se abre al erotismo? ¿O es una literatura castrada?
Cuando Mario Monteforte Toledo señaló que las escritoras guatemaltecas de los 90 padecían de un “insoportable vaginismo literario”, yo hice el ejercicio de escribir –para mí primero– un ensayo que se llamó El falogocentrismo literario en cinco novelas de autores ‘canónicos’ guatemaltecos (Miguel Ángel Asturias, Flavio Herrera, Tito Monterroso, Mario Monteforte, Marco Antonio Flores), todos del siglo XX. Resulta que allí encontré los estereotipos de siempre: las putas, las violadas, las decentes y sufridas…Todo lo sexual vinculado al poder y al cuerpo como territorio narrativo donde se inscribe una cultura. Ellos sí nombraban, desde los arquetipos usuales, de manera falogocéntrica, el mundo.
Pero cuando las mujeres empezaron a escribir poesía erótica, esos mismos y otros dijeron que por qué usar los nombres y las figuras tan abiertamente si podíamos nombrar lo erótico desde otras sensibilidades: las flores, el paisaje, el mar, etcétera.  Nombrar el cuerpo no, y menos si se trata del nuestro. Total, solo lo que se nombra existe.
Las mujeres que escribimos nos apropiamos de nuestro cuerpo de una manera diferente a cómo los hombres imaginan: no escribimos desde su imaginario, sino desde el nuestro. ¿O no dicen que somos diferentes? En este sentido tenemos ejercicios interesantes de esa literatura de posguerra como los de Regina José Galindo (me masturbo, me masturbo, un, dos, tres) hasta los de quienes nos reconocemos nombrando lo innombrable cuando nos da la gana y nos podemos también acariciar y hasta masturbar dentro de un libro de poesía. Lo hacemos, cuando lo hacemos, porque lo sentimos. E insisto en la necesidad de la palabra honesta, la que respeta y traduce a quien la crea y se hace respetar.

¿Y el erotismo femenino? ¿Crees que es una expresión subversiva en un país fundamentalmente machista?
En Guatemala ha sido subversivo que la mujer escriba. A la mujer en Guatemala se le ha impuesto un silencio ancestral. Por eso nuestra palabra es transgresora en todos los sentidos. Luego, si es palabra que nombra lo erótico, mucho más. El cuerpo de la mujer es el territorio donde se inscribe una cultura, ya lo mencionaba antes. Las madres de la patria en el franquismo, en el fascismo de Mussolini y en el nazismo fueron úteros que servían para preservar una raza, un orden o un sistema político y religioso. Si el cuerpo de las mujeres no molestara tanto al sistema patriarcal, todo el tema de la ablación que se practica a más de 140 millones de mujeres en el mundo contemporáneo ni se habría dado.
Si comprendemos las relaciones de poder que se inscriben en el cuerpo de la mujer, podemos comprender por qué es subversivo que ella se apropie del mismo mediante el abrazo a su propio erotismo y, más aún, si usa la palabra para nombrarse y nombrarlo.

Erotismo femenino en Gua­temala. ¿Más Simone de Beau­voir y menos Anais Nin?¿Qué piensas de ello?
Trato de no responder, en lo posible, un sí o un no de manera categórica porque las preguntas tienen, generalmente, más de una respuesta. Simone de Beauvoir, aquella que expresara que las mujeres “lo queremos todo”, trazó una ruta importante en la definición de que lo personal es también político. Transgresora en todos los órdenes, De Beauvoir se atrevió a pensar, escribir y levantar una bandera, pero en el dormitorio habrá hecho mucho más que Anais Nin, según se puede leer en su biografía. Lo que pasa es que esa parte no se volvió película o libro. Anais Nin, en cambio, se fue por la vida rompiendo todo un sistema de tabúes asociados al cuerpo (¿cuál no lo está?), pero de una manera más individual, menos consciente, sin ningún propósito más que el placer. Jugó con su erotismo a unos niveles inimaginables, quiso solo vivirlo. De sí para sí. Es como volver al tema de la literatura del compromiso y al arte por el arte mismo. No son comparables.

¿Qué voz no se ha escuchado en la literatura del país?
La literatura no está al margen de la cultura del país. Lo que no somos y lo que no hacemos, no lo escribimos. El mundo que no vemos y no tocamos, no lo escribimos. No tenemos humor, no hay humor en la literatura. La homosexualidad es aún negada, la literatura no la contiene. Somos un país de castas, y por ello las personas marginadas, en todos los órdenes, son las voces menos escuchadas en nuestra literatura. De ahí que los periódicos de los sin voz hayan sido siempre las paredes de nuestra ciudad. Mejor, entonces, comenzar por preguntar: ¿qué voces no se escuchan en la sociedad guatemalteca? La respuesta llegará sola.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Pablo Bromo: A nuestra generación la marcó un odio por la violencia heredada

Pablo Bromo entrevistado por Carol Zardetto
Diario de Centro América, lunes 22 de noviembre de 2010



Según el crítico literario Mario Roberto Morales, la literatura es quizá el producto más sofisticado que haya producido y sigue produciendo Guatemala hasta la fecha. ¿Qué piensa usted?
Estoy totalmente de acuerdo. La literatura guatemalteca ha sido, desde el Rabinal Achí hasta la obra contemporánea, una sofisticación fabulosa y llena de paradojas que solamente en Guatemala podrían crearse. Los síntomas de vivir en este país, tan duro y tierno, son de una intensidad muy cabrona. Sin lugar a dudas Guatemala tiene la literatura más compleja de toda Latinoamérica –en diversidad y estilo–. No sé si se deba a un conflicto de identidades o a una chispa insurrecta que baila con el morbo y la inocencia de nuestra gente

¿Siente usted una identidad generacional con los escritores guatemaltecos contemporáneos suyos? ¿Qué los identifica?
Sí, existe una empatía que nos hace hablar de tópicos como la soledad, el hastío urbano, la cotidianidad, la fragmentación social, el desasosiego, por citar algunos. En lo personal me siento muy identificado con la obra de autores como Javier Payeras, Arnoldo Gálvez o Alejandro Marré. En su prosa o en su poesía encuentro las mismas preocupaciones que van desde la necesaria soledad introspectiva hasta la búsqueda por abrazar el colectivo. De alguna extraña manera escribimos para combatir ese olvido que produce vivir en una sociedad civil donde la existencia es reemplazable a cualquier minuto del día debido a la proximidad de la muerte.
Por otra parte, mi generación tuvo una gran conexión con el movimiento rock de los noventa. Fuimos parte de proyectos culturales como Casa Bizarra y de encuentros para intercambio intelectual en lugares como Café Oro, o la Bodeguita del Centro.
Sin lugar a dudas, a nuestra generación la marcó un odio por la violencia heredada.

Se afirma que un escritor es producto de los que le antecedieron. ¿Siente usted que su obra está construida sobre el legado de los escritores guatemaltecos que le antecedieron o piensa que sus influencias están alejadas de aquí?
Por supuesto, la obra de Luis Cardoza y Aragón, Luis de Lión, Roberto Monzón o Miguel Ángel Asturias son referentes ineludibles, pero también lo es la obra de autores vivos como Rodrigo Rey Rosa, Eduardo Juárez o Francisco Morales Santos. En ese caso, mis últimos libros fluyen alrededor de un texto de Manuel José Arce, en el que habla sobre la Guatemala del siglo pasado, la del exilio y el dolor, que tampoco es muy ajena a la Guatemala que estamos viviendo actualmente.

¿Por qué el diálogo intergeneracional entre los escritores guatemaltecos se ha vuelto tan dificultoso? ¿No tiene algo que decir una generación a la otra?
Creo que existe falta de información y, además, no han existido muchos puentes que faciliten el intercambio. Mario Monteforte Toledo fue un vínculo con los jóvenes. Convendría en todo caso gestionar más mesas redondas y conversatorios donde escritores de distintas generaciones dialoguen sobre las convergencias y puntos específicos que nos unen como gestores y escritores guatemaltecos. El otro día platicaba con Enrique Noriega y Max Araujo sobre la producción literaria actual, específicamente en el campo editorial, y ellos mencionaban lo refrescante que resulta ver el nacimiento de editoriales independientes como Vueltegato, Libros Mínimos o Catafixia. Eso, en lo personal, me hace sentir conectado con dos pilares de la cultura en Guatemala, pero habría que crear más nexos.

El conflicto armado interno es uno de los hitos históricos que más ha impactado el arte en Guatemala, incluyendo la literatura. ¿Qué piensa usted de esta afirmación?
No hay duda de que el conflicto armado interno ha resultado ser un motor incipiente para muchas obras de autores guatemaltecos. Ya todos sabemos que los temas de la imposición de poder, la muerte, el militarismo, la persecución, etcétera, han sido estímulos que funcionaron bien para escribir desde el padecimiento del exilio y la literatura comprometida. Lo que veo en la actualidad es desinformación en generaciones más jóvenes. Por eso me gusta hablar de “si existió tal mortal suceso” y que “si hubo miles de desaparecidos”, no desde el plano de “rascar la herida”, sino más bien desde algo puramente informativo en la memoria colectiva.

Su generación literaria ¿se encuentra distante de la historia de Guatemala? ¿Se trata de una generación a-histórica?
No, más bien es un híbrido de muchas cosas. En mi caso particular hablo de un pasado histórico que causó mucha violencia y que tiene muchas repercusiones actuales. Mi visión, al igual que la de algunos de mi generación, es la de alguien que no vivió la guerra, pero está colmado de horror diario. En ese sentido creo que sí estamos comprometidos con la historia del país porque la vivimos como un torrente diario y esperanzador.

Dicen que todo escritor es un hombre (o mujer) de su tiempo. ¿Cómo expresa un escritor joven esa circunstancia en Guatemala?
Mi obra tiene muchos referentes de la sociedad guatemalteca actual: la amplitud de las redes sociales, el intercambio constante de información, la despersonalización de las relaciones interpersonales, la violencia irremediable de cada día, etc. Por lo mismo me interesa palpar una Guatemala cruda y honesta, escrita en tiempo real. Mi próxima novela habla sobre las relaciones interpersonales y la cultura del Internet, escrita desde una Guatemala violenta que es lo mismo que ver las páginas de los diarios de cada día.

¿Está presente el erotismo en su obra?

No sé si está presente de una forma explícita. Lo que sí es que me encanta la idea de dejar muchas imágenes sexuales en mi obra, escritas desde ese realismo sucio que Bukowski o Carver utilizaban. La idea de incorporar sexualidad en mi literatura es también parte de ese escribir en tiempo real.

¿Cree usted que, en términos generales, la literatura guatemalteca se abre al erotismo? ¿O es una literatura castrada?
Ha sido una literatura subestimada, castrada desde siempre por regímenes machistas y militaristas, donde la mujer ha sido sólo un instrumento y el sexo resulta ser un tabú del cual no es necesario hablar.

¿Y el erotismo femenino? ¿Cree usted que es una expresión subversiva en un país fundamentalmente machista?
En lo personal no me molesta. Lo considero una forma más de expresión como otras tantas, pero estoy consciente de que a muchos lectores les resulte difícil digerirlo o les cause reacciones encontradas. Y eso, por lo mismo, resulta ser subversivo, sensible y honesto. poemas de la izquierda erótica, de Ana María Rodas, me parece un libro imprescindible para cualquier estudioso de la literatura universal, partiendo de los factores historia, género, región y época. Pero poco a poco se están abriendo brechas, y eso es lo más importante.

¿Cómo funciona el humor en su obra?
El humor es algo que por esbozos se vislumbra en la obra de algunos escritores contemporáneos, pero falta un crecimiento. Yo no tengo objeción en involucrar pasajes de humor en mi obra. Al contrario, creo que le dan un sazón fabuloso que garantizan una conexión más real entre autor y lector. Digamos que el guatemalteco es, por naturaleza, ocurrente y burlón.

La muerte violenta parece ser omnipresente en Guatemala. ¿Cómo ha impactado esta presencia ominosa en su obra? ¿En la literatura guatemalteca?
La muerte violenta es un ser cotidiano que nos rodea a todos. Su omnipresencia es fatal e impredecible. En los dos libros que publiqué este año: Alicia y A dos, la muerte es un tema recurrente que persiste a lo largo de todo su contenido. En el último hay un verso que circunda toda la primera parte del libro que dice “vivir es estar a dos pasos de la muerte”. Por lo mismo considero que la muerte y la violencia son dos síntomas que ya forman parte de nuestra vida diaria. Entonces me resulta familiar que en la literatura se vea reflejada la realidad más inmediata de este país.

¿Es la guatemalteca una literatura con capacidad para la fuga? O bien, ¿estamos demasiado cerca de nuestra historia y crisis sociales?
El guatemalteco tiene una gran capacidad para burlarse de su cruel realidad. Ese cinismo es una forma en que se fuga la literatura guatemalteca y se distancia del horror de la sociedad. Sin embargo creo que sí. Deberíamos tener nuevas propuestas.

¿Qué voz no se ha escuchado en la literatura del país?
Fundamentalmente, la indígena. Y aunque existen exponentes como Rosa Chávez, también fue importante la publicación del libro La misión del Sarima’, ganador del Premio de Literaturas Indígenas B’atz’. Pero sí, falta mucho apoyo para que estas voces puedan surgir. Publicar en idiomas mayas también es un reto pendiente y con capacidad de difusión.

¿Ven los jóvenes escritores esperanza en la literatura guatemalteca contemporánea?
Mucha, por lo mismo seguimos creando. Hace un poco más de una década la literatura guatemalteca parecía haberse quedado estancada en un sinuoso y horrible porvenir literario. Propuestas como Editorial X y Mundo Bizarro abrieron brechas esperanzadoras para la literatura que vendría. Autores como Maurice Echeverría, Javier Payeras y el mismo Estuardo Prado sirvieron de ruptura para proponer esperanza literaria en un país en el que muchos de los escombros discursivos estaban literalmente por los suelos. Actualmente hay una decena de nuevos autores con propuestas frescas que irán renovando la literatura nacional. Solo es un asunto de perseverancia, rigor y mucha cautela literaria.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Alan Mills: La actitud de una itinerancia; en el horizonte: la poesía y la narrativa

Alan Mills entrevistado por Carol Zardetto
Diario de Centro América, viernes 19 de noviembre de 2010

Según dijo el escritor y crítico literario Mario Roberto Morales en una oportunidad, la literatura es quizá el producto más sofisticado que haya producido y sigue produciendo Guatemala hasta la fecha. ¿Compartes esa opinión? ¿Por qué?
Siempre y cuando pensemos en una línea de continuidad que iría desde los textos ancestrales y la escritura de hyperlinks, que aparece en las estelas mayas, hasta la vitalísima literatura de nuestra posmodernidad. Pero decir que algo es lo más sofisticado conlleva ciertos peligros, principalmente el de sentir que lo que hacemos los escritores está por encima de los demás productos culturales del país.

¿Sientes una afinidad generacional con los escritores guatemaltecos contemporáneos tuyos? ¿En qué aspectos existe afinidad? ¿Qué les preocupa? ¿Qué motivos abrazan?
Creo ser el escritor menos representativo de mi generación. Por muy diversas razones, pero sobre todo por mi estado de migración intermitente. No me termino de insertar por completo a la lógica de mis connacionales. Lo que hago es traer excentricidades de mis viajes, las cuales se convierten más tarde en modas y tendencias. Mi trabajo ha sido el de modificar el mapa de lecturas de mi generación. Lo he hecho con verdadera entrega. Lo que a nosotros nos une, quizá, es cierta tendencia a visualizar con cinismo las diversas formas de la performatividad política. Y además no nos preocupa que nos echen la culpa de la situación del país que nos entregaron. Lo nuestro es hacer rompecabezas con los escombros. En términos del tarot, la generación anterior a lo mejor se identificaba con el arcano mayor número 13: Muerte y Transformación. Nosotros, como grupo, estaríamos más cerca del Loco, creo. En mi caso personal me gusta visualizarme más próximo al Creador de Mundos.

¿Por qué el diálogo intergeneracional entre los escritores guatemaltecos se ha vuelto tan dificultoso? ¿No tiene algo que decir una generación a la otra?
Es un problema de lucha por los espacios simbólicos. Aunque en mi caso esto no es tan así, pues mi mayor comunicación creativa la tengo con Rodrigo Rey Rosa, quien no es mi contemporáneo.

El conflicto armado interno es uno de los hitos históricos que más ha impactado el arte en Guatemala, incluyendo la literatura. ¿Qué piensas de la literatura producida durante la guerra? ¿Y de la literatura posconflicto?
La novela de Luis de Lión, El tiempo principia en Xibalbá, es una verdadera obra maestra. También es excelente Los compañeros, de Marco Antonio Flores. Y hubo grandes libros de poesía producidos durante la guerra, como Madre, nosotros también somos historia, o Cariátides. En la literatura posconflicto también ha habido cosas buenas.

¿Crees que, en términos generales, la literatura guatemalteca se abre al erotismo? ¿O es una literatura castrada?
Es muy fácil hablar con generalizaciones, pero me parece evidente que los guatemaltecos padecen en general de una aproximación primitiva y violenta a la sexualidad. El erotismo es todavía una utopía por imaginar.

En tu producción literaria, ¿cómo ves el erotismo?
Desde hace algún tiempo escribo para mejorar mi vida sexual. Tengo un libro, o dos, que funcionan como dispositivos de seducción.

¿Y el erotismo femenino? ¿Crees que es una expresión subversiva en un país conservador y machista?
Ser mujer es subversivo en Guatemala. Ser mujer y escribir es una afrenta a todos los fantasmas del país.

¿Molesta el erotismo femenino expresado en la  literatura escrita por mujeres?
 ¿A quién le molesta un poema? Tenemos la suerte de que el poder no lee en nuestro país. Es una gran ventaja que tenemos por sobre los demás países occidentales.

¿Cómo funciona el humor en tu obra? ¿Podrías hacer algún comentario en relación con el humor en la literatura de tu generación?
Somos herederos de Velorio y de Augusto Monterroso. Por mi parte publiqué ya una micronovela en la que trabajo con el humor negro, en clave de epifanías del dolor y del deseo. Ahora estoy por publicar una nouvelle que es una colección de gags metafísicos. Humor inglés con aderezo tropical. O algo así. Igual no me creas. Lo digo solo para generar expectativa y venderme. Es mi especialidad. Ya sabes que para cualquier iniciativa sin pies ni cabeza, o para cualquier proyecto sin ton ni son, donde haya dinero de por medio, siempre se podrá contar conmigo.

La muerte parece ser omnipresente en Guatemala. ¿Cómo ha impactado esta presencia ominosa en tu obra? ¿Y en la literatura guatemalteca?
Mis primeros libros de poesía intentan reflexionar la muerte con cierta intensidad. Era inevitable, me imagino. La poesía es la representación holográfica de la muerte del lector. El lector muere mientras lee, mientras tiene el libro abierto enfrente de sí.  Tampoco hay que olvidar que en toda literatura siempre aparecerá la lucha entre la luz y la oscuridad. Pienso en El señor presidente, pero también en El material humano.

Erotismo, humor y muerte… ¿Cómo funcionan estas tres piezas en el rompecabezas de la literatura guatemalteca?
Ojalá haya cada día más sexo y más felicidad. Es lo que deseo para todas.

¿Es la guatemalteca una literatura con capacidad para la fuga o estamos demasiado cercanos a nuestras crisis sociales e históricas?
Pienso que se debería crear un premio para obras de ciencia ficción rural. Date cuenta de que para evolucionar necesitamos crear el software biogenético que transforme nuestra conciencia. Es decir, libros que imaginen múltiples destinos. Una posibilidad interesante sería ficcionar sobre lo que ocurría en estos territorios antes de la migración por el estrecho de Bering. Eso sí que sería un viaje al futuro.

¿Cómo se escapa la literatura guatemalteca? ¿Qué se esconde bajo la sinuosidad del escape?
Todo libro es un viaje y un escape. Y todo libro esconde uno o varios secretos maravillosos. La literatura guatemalteca está intoxicada de realidad. De lo que se suele imaginar que es la realidad. Necesitamos también becas para desarrolladores de videojuegos.

¿Qué voz no se ha escuchado en la literatura del país?
No les hemos querido preguntar a los niños qué rollo.

Se habla de una literatura del desencanto para referirse a la literatura guatemalteca contemporánea. ¿Qué piensas de ello?
Es una marca muy útil para los académicos. A mí me interesaría más una literatura del encantamiento, pero en términos de hechicería.

martes, 16 de noviembre de 2010

Gerardo Guinea Diez: "El erotismo sigue siendo algo postergado, y lo expresan muy bien las mujeres asesinadas en los últimos años"

Gerardo Guinea Diez entrevistado por Carol Zardetto

Diario de Centro América, 16 de noviembre de 2010

Según dijo Mario Roberto Morales en una oportunidad, la literatura es quizá el producto más sofisticado que haya producido y sigue produciendo Guatemala hasta la fecha. ¿Compartes esa opinión? ¿Por qué?
Sin duda lo es. Basta ver los índices de desarrollo humano para que uno pueda concluir que en medio de la debacle nacional aún existan personas preocupadas por la cultura. Solo agregaría que no solo es la literatura. Hay que hablar de música, pintura, cine, teatro, entre otros. Y al asunto de la sofisticación hay que agregar el de la calidad. Hay mucha.

¿Sientes una identidad generacional con los escritores guatemaltecos contemporáneos tuyos? ¿Qué los identifica? ¿Qué les preocupa? ¿Qué motivos abrazan?
Ese es un tema complejo. Creo que los de mi generación son pocos, y sin duda tenemos afinidades entre nosotros y tratamos de entender que venimos de una tradición. Es decir, de Asturias, Monteforte, Monterroso, Cardoza, etcétera. Nos identifican cuestiones estéticas y políticas. Las estéticas, tratar de escribir lo mejor posible. Entender que no estamos inventando nada nuevo. Nos preocupa ser honestos (en el sentido literario), no creernos los elegidos.

¿Por qué el diálogo intergeneracional entre los escritores guatemaltecos se ha vuelto tan dificultoso? ¿No tiene algo que decir una generación a la otra?
Por una razón, las generaciones nuevas creen que descubrieron el dadá y no entienden que para romper primero hay que inscribirse dentro de la riquísima tradición literaria del país. Además está la cultura de las patadas bajo la mesa. El ninguneo abunda por doquier y el disparate se puede ver cuando recordamos una frase de Goethe: escritores con su librito particular. Es fácil encontrar los parricidios literarios. Quizá nos falta humildad y más trabajo.

El conflicto armado interno es uno de los hitos históricos que más ha impactado el arte en Guatemala, incluyendo la literatura. ¿Qué piensas de la literatura producida durante la guerra?¿Y de la literatura posconflicto?
Si fechamos la guerra desde el 54, pues años después se produce la gran literatura, la que logró un Nobel, un Príncipe de Asturias, un Juan Rulfo y otros escritores que sin premios lograron una exquisita obra, como Leyva, Illescas, Luis de Lión, Monteforte. O los que alcanzaron una especie de consagración, como Cardoza. Lo que viene después es de otro tipo. Al menos dos corrientes: la que aborda el conflicto directa o elípticamente y quienes se inscriben dentro de la generación del desencanto. Ahora bien, viene una nueva, la que está creciendo lejos de ciertos patrones y dentro unos 10 años tendrá mucho qué ofrecer. Además están los escritores atípicos, Rey Rosa, Halfon, nosotros, que estamos en medio de todo y nada.

¿Crees que, en términos generales, la literatura guatemalteca se abre al erotismo? ¿O es una literatura castrada?
Sin duda se abrió con algunas obras. Sin embargo hay aún cierto prurito con el tema. Los jóvenes abiertamente le apostaron, pero creo que en otra vía que a mi juicio no es erotismo. La dificultad aquí descansa en que la realidad es tan lapidaria, tan monstruosamente cruda, que el erotismo es un tema de segunda mano.

¿Y el erotismo femenino? ¿Crees que es una expresión subversiva en un país fundamentalmente machista? ¿Molesta el erotismo femenino expresado en la  literatura escrita por mujeres?
Por supuesto que es una expresión subversiva, lo que sucede es que la corrección política echó a perder todo su potencial. Aún recuerdo que eso del erotismo femenino era una cuestión común en las relaciones, en los barrios populares, (claro, sin obviar la chabacanería machista), pero una relación era menos complicada. No sabría decir si molesta ese tema, pero cuando algo está bien escrito, pues a nadie le incomoda. Las mil y una noche es el mejor ejemplo. O de pronto aquella novela El perfume de Suskind (perdón, pero no estoy seguro de cómo se escribe). Aunque el erotismo sigue siendo algo postergado, y algo que lo expresa muy bien son las más de 5,000 mujeres asesinadas en los últimos años o las 10,000 durante los años de la guerra. Por ello he escrito una novela sobre ese tema, que a pesar de ser tan horripilante tiene altas dosis de erotismo en el sentido de la libertad.

¿Cómo funciona el humor en tu obra? ¿Podrías hacer algún comentario en relación con el humor en la literatura de tu generación?
Casi en toda mis novelas está presente el humor, incluso en la más cruda, como El árbol de Adán. Por ejemplo, en Calamadres, una de las personajes se llama Marylin Monroy.

La muerte parece ser omnipresente en Guatemala. ¿Cómo ha impactado esta presencia ominosa en tu obra? ¿Crees que es un elemento fundamental de la literatura guatemalteca?
Uno quisiera decir que no, pero es imposible. La muerte está en todas mis obras, más de las veces sin nombrarla, está como una sombra, como la luz. Y si uno ve otras obras es lo mismo: Los compañeros de Flores, en Asturias, en Luis de Lión, en Mario Payeras, en Javier Payeras, en Quiñónez.

Erotismo, humor y muerte… ¿Cómo funcionan estas tres piezas en el rompecabezas de la literatura guatemalteca?
Pues son parte de la carpintería narrativa. Erotismo como una reivindicación, humor como una manera de resistir y muerte como un sello de la terrible construcción social del país.

¿Es la guatemalteca una literatura con capacidad para la fuga o estamos demasiado cercanos a nuestras crisis sociales e históricas? ¿Podemos ser universales?
Creo que las fugas no siempre funcionan, sobre todo cuando pensamos que así vamos a escribir la gran obra. Si te fijas en las grandes obras de la literatura universal —raras excepciones—, están sustentadas en lo nacional, pero su escritura y su fuerza es tan sólida que encarnan valores universales: Guerra y paz, El señor presidente, La muerte de Artemio Cruz, Cien años de soledad, Conversación en la catedral, etcétera. De igual modo están Faulkner, Rulfo, Cortázar, Piglia; en poesía, Paz, Carver, José Emilio Pacheco, Gelman, Szymborska.

¿Cómo se escapa la literatura guatemalteca? ¿Qué se esconde bajo la sinuosidad del escape?
Quizá su resistencia a verse en el espejo de lo que somos. Tal vez un territorio que atenaza demasiado y en la huida intenta construir otro imaginario, otra vida.

¿Existen voces nuevas en Guatemala? ¿Qué voz no se ha escuchado en la literatura del país?
Bueno, los últimos 15 años, al menos, es impresionante la cantidad de nuevas voces, unas buenas, otras menores, solo el tiempo irá decantando. Pero el boom es impresionante. Creo que lo publicado ya supera mucho de lo que se publicó en décadas anteriores. Además está el hecho de la recuperación de varios escritores muertos durante la guerra. Es significativo el surgimiento de escritoras, muchas de ellas alejadas de esa estética decimonónica y muy enfrentadas consigo mismas y con los tabúes que nos aprisionan. De pronto las voces que menos se han escuchado son las de los indígenas. Sin embargo hay cuatro o cinco voces muy potentes.

¿Hacia dónde va la literatura guatemalteca contemporánea? ¿Tiene esperanza?
Adónde va no lo sé, pero si lees detenidamente los periódicos no hay semana que no salga una novedad literaria. Cierto, más en poesía que narrativa, pero salen. Habrá entre 20 y 30 escritores que tienen presencia internacional. Unos más que otros, es cierto, pero la tienen de distintos modos. La gran tragedia de la literatura guatemalteca es que la mayoría de escritores no tenemos agentes. Por lo mismo estamos condenados a cierta marginalidad centroamericana. Si hay esperanza, creo que nadie escribe para tener esperanza. Alguien dijo que el éxito es para los cantantes. Como sea, somos el país centroamericano que más está editando, que con editoriales pequeñas y marginales ha sacado la gran tarea de estos años. Falta superar el provincialismo, los egos inflamados, falta construir una tradición de crítica literaria.